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¿El carril bici de Guadalajara es un despilfarro?
Actualizado 18 enero 2010  
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Maximino Rodríguez   
Hasta el año pasado, el carril-bici no estaba en la lista de prioridades del Ayuntamiento de Guadalajara. Ni tan siquiera figura entre los compromisos que el Partido Popular suscribió en el contrato electoral con el que se presentó a las elecciones de 2007. Tan sólo una efímera referencia al anillo verde, cuyas comparaciones con éste son mera coincidencia. Nadie lo había reclamado ni era objeto de deseo de colectivo alguno. Pero llegó el Plan Zapatero con sus millones y las preclaras mentes de la Plaza Mayor derrocharon imaginación a raudales.

Lo verde vende. Es la última moda, a la que se apunta el urbanita más recalcitrante. Como el detergente aquel, brilla y da esplendor. Ponga un carril-bici en su vida y se sentirá más dichoso. Sonaría a socarronería si no fuera porque el caprichito de marras ha salido por un pico. Una fruslería de 800.000 euros que ha pagado el Estado y que se antoja un dispendio exagerado a la vista de los resultados. Me atrevo a aventurar que Antonio Román no lo hubiera hecho con los dineros municipales.

Habría sido más fácil propiciar la integración paulatina de la bici mediante itinerarios cortos en las zonas y barrios de la ciudad donde era menester. Y lograr la coexistencia pacífica de los tráficos rodado y ciclista en aquellos tramos donde hoy es imposible.

Porque lo que se ha hecho ni destierra el vehículo privado ni fomenta el transporte público. Ni conecta con los puntos neurálgicos de la ciudad ni invita a la práctica del deporte de las dos ruedas. Y encima ha soliviantado a muchos. Por eliminar decenas de plazas de aparcamiento y alterar la tranquilidad de los residentes de calles privadas.

Cualquier carril-bici es una ruta para el disfrute. Éste de Guadalajara es una tortura para masoquistas.

El domingo lo recorrí por primera vez de principio a fin. Y creo que será la última. Eché el pie a tierra más de una docena de veces. Escalofriantes rampas del 15 y hasta el 20 por ciento. Me perdí en dos ocasiones. En otras tres me dejé guiar por el instinto. Señalización incompleta. Sin iluminación artificial en muchos puntos y ni una sola fuente nueva en la que recuperar el aliento. Giros de 90 grados. Farolas, postes y columnas. Sin contar que el carril se interrumpe en no menos de media docena de tramos. Que invade zonas peatonales en parques y jardines desnaturalizados donde el hormigón es el amo y señor. Y lo que es peor, es un circuito peligroso, con puntos de nula visibilidad para el ciclista frente al viandante y separado apenas por balizas y bordillos en avenidas con elevada densidad de tráfico. En pocas palabras, una solemne chapuza.

Llegué a casa lívido y exhausto. La bici seguirá en el trastero.
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