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La Crónica de Guadalajara
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Viernes, 28 de julio de 2017

Barreda le necesita a usted

Actualizado 1 enero 1900 00:00  
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Estas cosas con Franco no pasaban. Lo normal, dentro de la asfixiante anormalidad de aquel Régimen. De seguir en aquellos tiempos y en la Guadalajara de los “Mielitos”, los alcarreños estaríamos sacando pecho de que el último proyecto nuclear del Gobierno estuviera en esta provincia y no en otra, a escasos de kilómetros de un “Mar de Castilla” (García Perdices dixit) al que todavía no sangraba un trasvase entonces aún inacabado. A los yeyés del franquismo alcarreño les molaba Zorita. Ahora, nos horroriza el ATC.

Como los tiempos cambian incluso para bien, nuestras siempre amadas autoridades ya no llegan impuestas “por la gracia de Dios”, como problamaba el gallego de perfil en las monedas, sino ratificadas por ciudadanos a veces volubles, a veces irritados… pocas veces ilusionados. Nos necesitan, aunque sea con amor aritmético y electoral.

De los designios de El Pardo a los de las urnas media un mundo y cuatro décadas, tiempo más que sobrado para que se modifiquen algunas costumbres patrias bastante notables.

Antes, cuando te caía un reactor nuclear en Almonacid y todos se alegraban, los periodistas locales eran pocos, abogados pluriempleados en los casos más ilustrados y obligados a guardar una equidistante distancia entre la libertad de expresión y el gobernador civil, por lo que pudiera pasar.

Ahora, los periodistas locales son muchos más, cobran (poco) en euros y procuran que su equidistancia entre la verdad y los ingresos publicitarios de los medios donde trabajan no altere demasiado su conciencia profesional. La pulcritud en esto también va por barrios.

Los periodistas en España hemos pasado de los probables improperios del gobernador civil del Estado único a los arrullos de los políticos en los nuevos niveles de poder.

Se lleva la sonrisa y el savoir faire ante la cámara o el micrófono, ya seas Juan Pedro Sánchez y te hayas convertido en el malo de la película por voluntad propia, la siempre sonriente María Antonia Pérez León, el sigiloso Luis Santiago Tierraseca, el sobrio y a veces gélido Antonio Román, la atenta en todo y a todo (incluso a sí misma) Dolores Cospedal o la timidez andante y académica reconvertida hace dos décadas al fragor político de José María Barreda.

El presidente de la cosa regional anduvo el viernes por Guadalajara y arengó, previo “off the record”, a un buen puñado de periodistas de por aquí, en gastronómica reunión de mucho hablar y poco comer. No está claro que Barreda escuche cuando lo que oye no le cuadra, pero al menos deja hablar, lo cual es un alivio para lo que aún nos quede de vanidad a algunos.

Barreda quiere hacer de la lucha por evitarnos el ATC la gran batalla del que podría ser su penúltimo mandato, si ganara el año que viene la reválida en Fuensalida. Se le ve beligerante, quizá porque al mismo tiempo se haya sentido solo en su propio partido en las últimas semanas. O quizá es que el observador confunde el poso taciturno de Barreda con un asomo de desconfianza que no es tal. Vaya usted a saber.

Lo dicho, repitamos lo esencial: hasta que en julio se decida dónde va el ATC, quién gana y quién pierde en esta surrealista partida de envites y faroles, Barreda dice que va andar por La Mancha, por Guadalajara y más allá con la adarga dispuesta y sin dar tregua al seis cilindros. Quiere movilización popular permanente.

Usted verá, lector, si le viene bien la invitación o está pendiente de lo que a Zapatero, tan improvisador tantas veces, más le convenga llegado el penúltimo momento: amarrar resultados en el otoño socialista de Cataluña o ayudar a que Cospedal se estrelle antes de que se crea alternativa real para futura califa en lugar del califa.

Elija, pues, lo que más le convenza o lo que menos le incomode: que su opinión cuenta o que sólo vale en última instancia la de un señor nacido en Valladolid, recriado en León y de paso por Madrid capaz de provocarnos taquicardias a los que vivimos en Guadalajara.

Lo único cierto es que terminaremos por saberlo y, mientras, no se habrán dejado tiempo ni interés para resolver alguno de los otros muchos problemas que nos acucian, sobre todo al final de cada mes.

En eso de distraernos, los españoles de hoy sí somos como los de anteayer… y así nos cunde.
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