|
Seguimos inmersos en Guadalajara en pleno debate sobre la solicitud, aceptada por el Ministerio de Industria, del Ayuntamiento de Yebra para la instalación de un ATC, o cementerio nuclear, que es más entendible. Yebra, como otros pueblos de España, se ha postulado y se ha convertido en el eslabón más débil de la cadena de desatinos que ha alumbrado esta decisión.
Y como eslabón más débil, ha sufrido y sufre todo tipo de ataques, como les ha ocurrido a otros pequeños municipios de la geografía nacional que también han osado presentarse al concurso público ideado por el señor Sebastián. Recuerdo esto porque, como decíamos hace una semana en este misma sección, los alcaldes de estos municipios han coincidido todos en postularse para albergar una instalación denostada por todos ante la falta de futuro de sus pueblos, como remedio ante la despoblación, la falta de recursos económicos, la crisis social que viven, la desertización y en, resumidas cuentas, ante la perspectiva del negro futuro que espera al medio rural.
Y, denunciada esta situación, han entrado en un proceso que les perjudica a ellos, precisamente, más que a nadie. Han asumido el riesgo de la impopularidad y del descrédito político incluso llegado desde sus propios partidos políticos, pero han hecho un gran favor al medio rural, han dado a conocer la situación de cientos de pueblos de toda España que se mueren sin remedio.
Me he permito, amigo lector, recoger los datos que figuran en el Instituto Nacional de Estadística, datos oficiales por tanto, de algunos de los municipios que se han postulado para la instalación del ATC y es mejor que las valoraciones las haga usted mismo:
Albalá, en Cáceres, tenía en el año sesenta 3.616 habitantes de derecho; bajó a los 968 en el año 90 y, en el último censo de 2008, tiene 814.
Ascó, en Tarragona, contaba con 1.876 habitantes en el año 1960, en el censo de 1990 tenía 1.708 y en el año 2008 estaba en 1.601.
Congosto de Valdavia, en la tierra castellana de Palencia, tenía 713 habitantes en 1960, en los noventa bajó a 302 y ahora, según datos de 2008, tiene exactamente 213.
En Melgar de Arriba, por darnos una vuelta ahora por Valladolid, eran 825 habitantes en 1960, se quedaron en 334 habitantes en 1990, y ahora, en 208, están en los 233.
Torrubia de Soria, en la vecina provincia, tenía 281 habitantes en 1960, descendió a los 130 en el año 90 y según datos de 2008 está en 76.
Villar de Cañas, en nuestra vecina Cuenca, censó a 1.649 personas en el año 1960, que se quedaron en 513 en 1990 y en los 461 actuales.
Yebra ha pasado de los 1.191 habitantes de 1960, a los 585 de 2008, prácticamente los mismos que había en 1990, exactamente 596.
Y Zarra, en Valencia, ha sido el único pueblo que ha conseguido aumentar habitantes en 2008, con 547, respecto a los 478 que había en 1990, pero que distan mucho de los 935 que se censaron en el año 1960.
Estos son los datos oficiales que figuran en los censos de estos pueblos españoles, reflejo inequívoco de la realidad en la que vive el medio rural español y del profundo problema que nos afecta especialmente en provincias como Guadalajara.
Estos alcaldes que tan mal, al parecer, lo están haciendo, y que han permitido salir de rositas en este proceso a gentes como Zapatero, Sebastián, Barreda, De Cospedal y a cientos de diputados en Cortes, al menos han puesto el dedo en la llaga sobre una realidad que para la sociedad española ha dejado, hace muchos años, de ser una preocupación.
|