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La Crónica de Guadalajara
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Sábado, 25 de febrero de 2017

Cuando el periodista, y su información, se equivocan

Actualizado 4 agosto 2016 11:38  
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El botellín lanzado en 2011 terminó resultando ser más bien un bumerán, que acabó en apariencia su viaje cuatro años después, el 21 de abril de 2015. Un año más tarde, aún sigue en movimiento, porque hay veces en la vida que un error se mantiene en el tiempo más allá de lo que cualquiera de los protagonistas del caso quisieran. El causante, la víctima, los que pasaban por allí... ¿Quién restituye el daño causado por una información errónea?

Viene esta reflexión a cuento de lo ocurrido en las Ferias de 2011, cuando un botellín volador en la Plaza de Toros se estampó en la cabeza de una joven, que además de ser atendida con varios puntos de sutura denunció el hecho en la Comisaría de Policía

A las pocas horas, desde el Ayuntamiento de Guadalajara se daba público conocimiento, en nota de prensa oficial, a unos hechos que en LA CRÓNICA DE GUADALAJARA se publicaron siguiendo esa versión, dándola por buena y con la atribución de esa fuente concreta. Con la veracidad e imparcialidad que se le presupone a la autoridad, ya entienden.

De inmediato y durante muchos días, los comentarios en el periódico y en las redes sociales se incendiaron a propósito del botellazo y de sus protagonistas. La identidad del supuesto agresor quedaba una y otra vez implícitamente reconocida por los que comentaban, mayormente desde el anonimato. El presunto peñista lanzador del botellín negó en todo momento ser el responsable de la agresión. Así se expresó ante los policías locales que le retuvieron en la plaza y lo reiteró, cuatro años más tarde, en el Juzgado.

El juez, literalmente, lo flipó en la vista y, sobre todo, "al no existir pruebas de cargo de las que se deriven elementos incriminatorios con eficacia para desvirtuar la presunción de inocencia". Con esta contundencia lo reflejó en la sentencia para una causa en la que el Fiscal pedía nada menos que tres años de prisión por un delito de lesiones.

Todo se basaba en el testimonio de un policía local, de uniforme en los tendidos; el mismo que guió a un agente de paisano para que detuviera al teórico responsable del botellazo. En su atestado aseguraba que el joven llevaba camiseta blanca. Los de la peña "El Buey", a la que pertenecía el acusado, la llevan roja.

Al final, muy al final, aunque no al final del todo de este proceso inacabado, el acusado resultaba absuelto. El causante real no ha sido juzgado. El Fiscal se quedó sin la condena que pedía. El agente que originó esta confusión suponemos que sigue a lo suyo, cumpliendo sin sobresaltos la jornada laboral. Y el joven protagonista de esta historia, intentando superar los muchos problemas que en lo personal y en lo íntimo le ha causado una peripecia judicial para la que no estaba preparado y en la que nunca debió resultar implicado.

El periodista, que aún cree que este oficio tiene sentido y que se basa en dar información veraz debidamente contrastada, cuando lee la sentencia que le recuerda lo que ocurrió con aquella noticia pasa vergüenza propia, no sólo ajena. Hacemos un periodismo de mierda demasiadas veces. Por falta de medios humanos y materiales, sí, pero también por confiar en quien no lo merece, aunque lleve placa y gaste uniforme. 

Los lectores de LA CRÓNICA DE GUADALAJARA tienen derecho a que lo que aquí se publique se parezca siempre lo más posible a la verdad. En eso estamos. Incluso cuando pasan años hasta que llega el dato correcto.

Cuando uno se equivoca, hay que disculparse. Yo lo hago. Creo que nadie más lo ha hecho ni lo hará públicamente en este caso. Cada cuál sabrá qué tal anda con su conciencia.
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