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La Crónica de Guadalajara | Opinión
7.767
Augusto González Pradillo
25/02/2008
La opinión semanal de LA CRÓNICA DE GUADALAJARA

Son 7.767, aunque no lo parezcan. Juntos, se bastarían para ser el pueblo más joven de la provincia y también uno de los más importantes por su población. Juntos, no cabrían en el polideportivo donde se aclamó a Rodríguez Zapatero ni en el teatro en el que se explayó Esperanza Aguirre. Juntos, llenarían la calle Mayor de Guadalajara. Pero no están juntos, claro. Y eso es lo que nos evita a los demás el trago de tener que hacerles caso.

Esos 7.767 que se entrevén en las estadísticas mientras se desparraman por nuestros días y nuestras noches son todos los alcarreños que no votaron hace cuatro años porque no tenían edad para hacerlo. Acababan de cumplir entonces los 14 o apuraban el calendario de los 17 marzos, que no abriles. Entonces no estuvieron. Ahora quizá tampoco, aunque se les espera.

Si Guadalajara fuera una circunscripción con algún interés apreciable para el PP o el PSOE, tendríamos a nuestros neonatos electores en palmitas. Como no es así, la cosa va tan descafeinada para ellos como para el resto de los mortales votantes. Eso de que resulte improbable un vuelco electoral nos está evitando buena parte del tercer grado que en otras provincias (Gerona, Lérida, Madrid...) están aplicando sin rebozo las oficinas de campaña de ambos partidos. Pero ellos, los 7.767, están allí.

A dos semanas del 9-M a uno le ha dado por imaginar con qué espíritu y con qué cuerpo pueden plantearse ir a votar en ese domingo, que con toda seguridad será la continuación del-sábado-que-es-continuación-del-viernes-como-todos-los-viernes-para-por-si-acaso. Salvo los que constituyan mesa, uno se malicia que no serán muchos los votantes novatos que tengan a bien acercarse a primeras horas de la mañana a depositar la papeleta. Quienes lo hagan, cuando lo hagan, será con la legaña puesta unos, con la pirula reciente alguno, la sonrisa franca aquel, la sonrisa boba aquella, el interés por la política de ese, el deseo de que algo cambie que adivinas en ella, el desánimo latente de los menos y la utopía virgen de los más. Pero muchos más serán los que no pisen los colegios electorales, que de aulas (con urnas o sin ellas) van sobrados, aunque a veces disimulen.

En el fuego graneado de la publicidad electoral no han sido los jóvenes en estos comicios el objetivo preferente. Los oráculos del márketing político han redoblado esfuerzos por hacerse con ese núcleo informe, magmático, elástico y evanescente que dicen ocupa el centro sociológico de España. Allí quizá estemos usted y yo, pero nunca ellos. Los 7.767 y sus colegas de más allá de Meco o de Alcolea no están para contemporizar sino para exigirlo todo y tenerlo ya, sin más esperas. Y por eso transitan la campaña sin ni siquiera promesas. Miserias de la coyuntura electoral.

Bienvenidos, en cualquier caso, 7.767 amigos desconocidos, a las filas de los ciudadanos.

Votar no provoca orgasmos, pero puede evitar terribles dolores de cabeza en el futuro. En ese futuro que ahora no veis, pero que es vuestro. Así que, ya podéis empezar a currároslo. Por ejemplo, votando. Aunque sea en blanco tras una larga, inacabada, inacabable noche en blanco. No necesitan de vuestro voto, ni del mío, ni del suyo. Por eso no podemos quedarnos en casa. Tú y yo sabemos lo bonito que es llevarles la contraria. Como, por ejemplo, votando. Allí nos vemos.

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