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La Crónica de Guadalajara | Opinión
A QUIÉN LE VA A TOCAR
Augusto González Pradillo
03/03/2008
La opinión semanal de LA CRÓNICA DE GUADALAJARA

Con la excitación propia del final de la campaña lectoral no es fácil dedicarle un artículo al futuro (negro) que aguarda a muchos. No sabemos a cuántos ni, sobre todo, a quiénes, pero lo que ya tenemos encima se va a llevar por delante a unos cuantos. Más de los que en principio creíamos.

A diferencia de la anterior crisis económica, esta la tenemos delante pero aún no la vemos. Disculpará el lector el aparente juego de palabras, pero es que la realidad es esa y no otra: la de 1993 resultó tan evidente, tan notoria, que cada cual se puso el casco como mejor pudo para evitar el coscorrón desde mucho tiempo antes. En esta ocasión no ha habido tiempo y, además, ni siquiera sabemos aún cómo protegernos pues ni atisbamos de dónde vienen y vendrán los golpes que cada uno de nosotros pueda sufrir. Y así seguimos meses después de que la burbuja-globo-balón de reglamento en que vivíamos se pinchara y comenzara a deshincharse.

Desde entonces andan los mentideros políticos y periodísticos entretenidos en hacer quinielas sobre qué gran empresa alcarreña pueda ser la primera en reventar, que alguna tendrá más pronto que tarde ese privilegio. Como candidatos no faltan y mala leche sobra, ya se puede usted imaginar hasta qué punto la maledicencia campa por esos siniestros cenáculos en los que para espantar el propio miedo se asusta a los demás. Incluso a usted, que no se juega nada en el envite, le ha interesado el asunto (o el morbo del asunto) y ha llegado hasta este punto del artículo como si su economía particular se jugara algo en ello. Pues quizá sí.

A día de hoy, los únicos que por estos pagos tienen asegurada la nómina son los funcionarios. De los demás, de director general para abajo, nadie. Si usted no es sordo y ha querido escuchar o al menos oír durante estos meses habrá llegado a la sensata sensación de que no estamos ante un amable cambio de ciclo sino ante un tropezón en toda regla, con riesgo de golpe en la occipital según termine de besar el suelo el infortunado. O sea, que aún no sabemos si podremos levantarnos ni con qué heridas porque todavía no hemos terminado de caer. Debe ser este un efecto colateral de la nueva sociedad de la información: el lector y el periodista están en el mismo nivel de ignorancia acerca de lo que realmente les afecta. Que tampoco es la primera vez…

Cuando el crack de 1929, los parados de Nueva York entretenían su ocio forzoso contando los inversores arruinados que se arrojaban al vacío desde los rascacielos. Aquí y ahora la cosa no está para esas truculencias, pero aunque lo estuviera tampoco nos enteraríamos. Por no tener, ni siquiera tenemos suicidios en Guadalajara gracias a la inestimable ayuda de la Subdelegación del Gobierno. Esa peculiar institución, donde sin esfuerzo toda polémica parece tener cabida, viene ocultando sistemáticamente desde hace ya muchos años los casos de suicidio, para que los ciudadanos/súbditos no nos impresionemos. Gracias a sus desvelos, hemos vivido igual de infelices pero ignorantes de que en 1998 fueron diez los alcarreños y tres las alcarreñas que se marcharon de este mundo por un atajo; en 1999 fueron 11; 12 en 2000; sólo 7 en 2001 (sería por la expectativa del euro a punto de nacer); 6 en el año 2002; 13 en 2003 y nada menos que 16 en 2004, cuando murieron por su propia mano una docena de hombres y cuatro mujeres. A partir de ese año, los datos dejan de provincializarse en el INE, que es donde ha buceado este periodista para darle los datos al lector.

Ni nos dicen cuántos suicidas hay ni hay forma de valorar con datos oficiales cuántas empresas agonizan, con lo que tampoco atisbamos cuántos trabajadores están en un tris de empezar unas vacaciones indeseadas, forzosas y sin plazo definido. Los pequeños empresarios, los de aquí sin ir más lejos, ya sufren la falta de pedidos y unos cobros cada vez más dilatados, si se cobra. En esa tesitura, aligerar carga es la opción más lógica para evitar naufragar. Dígamoslo claro, que para eso somos de secano y no entendemos de náutica: los despidos terminan por ser la única forma de cortar la sangría de un empresario al que no le conceden créditos, le falta trabajo y lo que facturó hace meses se lo renegocian mientras que Rajoy y Zapatero le prometen un mundo feliz

No conocemos las caras de las víctimas que de verdad importan, pues esas no suelen tener rostro público. Los periodistas, tan curiosos como poco diligentes, nos aferramos a la imagen de nuestros potentados locales a punto de dejar de serlo. O nos quedamos con el rostro (a veces inmenso) de quienes quieren dirigirnos desde lo alto de la Administración también o de nuevo a partir del 10 de marzo. En todo caso, por comodidad, indiferencia o prisa los periodistas o así olvidamos a los que ya son carne de SEPECAM y a los que con toda certeza van a serlo. Sin darnos cuenta de que, felices por ignorantes, nos estamos olvidando de nosotros mismos. O de usted, salvo que tenga el sueldo asegurado. Y no es por señalar.

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