Nunca será fácil lo de despertarse por la mañana para irse a trabajar, pero más díficil tiene que ser intentar levantarse cada día cuando no hay trabajo al que acudir. Entre una y otra situación estamos, aunque unos más que otros... como siempre en esta vida.
Tiene bemoles, fusas y semifusas que hasta los parados de las Españas hayan estado en los últimos días más atentos a las desgracias de Fernando Martín y su señora que a las propias, que no son pocas. Entretenidos sí que hemos estado al comprobar que no es tan difícil deber 7.000 millones de euros, se supone que juntados con mucho esfuerzo. Parecido al común de los mortales, a los que la hipoteca nos pone zancadillas financieras cada mes. ¿Por qué nos gusta tanto fijarnos en los demás y más aún cuanto más ajeno sea lo que les sucede a los otros?
Para hilar el comentario de esta semana podría el periodista haber recurrido no sólo a Fernando Martín, el señor de Martinsa-Fadesa, sino también a María Antonia Pérez León y sus poderíos, a Zapatero y sus inconsistencias, a Rajoy y sus inexistencias, a ETA y sus petardos o Benito XVI y esa obsesión suya tan reciente de hacerse perdonar pecados que (suponemos) él mismo no ha cometido. Acudiendo a tal panoplia de argumentos se aseguraría el escribiente unas líneas con prosa garbosa y ocurrente. Pero va a ser que no.
Dicen que Bailén lo ganaron los españoles más que nada por el calor que hizo aquel día, muy poco conveniente para los uniformes de las tropas de Napoleón. Dos siglos después, seguimos igual: el sol arriba, achicharrándonos; los españoles abajo, incapaces de serlo si no es contra el francés o contra el invasor de turno. Sea por el calor o por el hartazón de escuchar siempre a los mismos diciendo lo mismo, hoy prefiero acordarme de usted, más protagonista de la Historia que de verdad importa que el general Castaños y toda la tropa.
A usted, que trabaja, le hago un ruego: cuídese. Pero hágalo usted consigo y para sí mismo, sin esperar que ninguno de los que suelen ser noticia en este diario o en cualquier otro intenten siquiera resolverle un poquito la vida. Sé que es una obviedad, pero tenía que decirlo en un día como hoy, con calor y moscas, propicio para el adormilamiento o para escribir sobre lo que realmente no importa. Y lo que importa es que esto no se nos vaya más rápido de como vino.
En menos de una década hemos consentido que Guadalajara creciera hasta reventarle las costuras, perfecta provincia dormitorio especialista en nada. Quien hizo dinero en la operación sabrá donde lo tiene, si es que no lo ha perdido. ¿Y ahora qué hacemos los desperrados hijos de Eva, sufriendo y llorando en este valle de lágrimas?
Intentemos seguir viéndonos aquí y no en la calle. Será una buena señal de que algo vamos consiguiendo. Y pasaremos, además, menos calor.