Quizá no haya nada mejor que los deportes acuáticos para pasar el verano entre el ocio y el entrenamiento, con vistas a un otoño que se anuncia exigente tanto para los cuerpos como para los espíritus. Tras las vacaciones, tocará hablar de agua, aunque no llueva. O precisamente por eso.
Por de pronto, si alguien en la calle le sugiere que todos los españoles somos iguales, ignórele. Si el sujeto acosador le insiste y pretende convencerle de que en España existe la solidaridad entre los territorios, huya de él o sacúdale un guantazo, según prefiera. Y para rematar, pálpese la cartera, que seguramente en ese momento ya le falte.
En la evolución natural de la Historia en este santo país hemos pasado del trabuco naranjero de Sierra Morena al atraco con el naranjo o cualquier otro frutal como excusa para proteger un desarrollo urbanístico insostenible en el Levante. Hasta que todo ha reventado, claro. Aun así, como la sed permanece, nuestros amigos y compatriotas ya han puesto sus ojos en otro punto del Tajo desde donde tomar más aguas, a la vista de que lo de Entrepeñas y Buendía no da más de sí, como bien les prevenían ya hace décadas desde Guadalajara y Cuenca, respectivamente.
Con el loable fin de socializar el sufrimiento, quieren ahora enchufarle una tubería tamaño XXXL al embalse de Valdecañas, que no es cosa de que los que allí pescan lo hagan sin sufrir mientras los melones murcianos se agostan en agosto o en cualquier otro mes. El tal embalse tiene grandes ventajas: no está en Murcia, ni en Alicante ni en Almería; al menos por ahora, tiene agua; y sobre todo, no está en Castilla-La Mancha, que ya se sabe la perra que han cogido Barreda y sus muchachos con esto del trasvase.
Valdecañas es un embalse sobre el mismo río Tajo de nuestros dolores, pero en la provincia de Cáceres. No mucho más allá de Toledo (la zona pertenece a la diócesis toledana, curiosamente) pero está en Extremadura, tierra virgen para algunas polémicas sangrantes, aunque no para otras: a escasos kilómetros está Almaraz y más cerca aún Mesas de Ibor, un pueblo infinitesimal donde al alcalde casi le hacen los perrillos por creer que les iba a llevar allí el cementerio nuclear al que en algún pueblo de Guadalajara no harían ascos, si se sintieran libre para pedirlo.
En el embalse de Valdecañas ni siquiera han tenido tiempo para saber lo que es el turismo, más allá de los cuatro pescadores domingueros que se tumban al sol del domingo. Cuando lo hacen, esos aventureros de fin de semana se suelen situar frente al templo de Diana, el único resto romano de alguna enjundia que se salvó cuando Talavera la Vieja quedó anegada por las aguas. De recuerdos sumergidos por los pantanos y por el olvido también saben los extremeños.
Como en el caso de Entrepeñas, Valdecañas tiene una isla… pero a lo bestia. Más grande, mucho más grande. Tan grande que no pasó desapercibida hace años para unos inversores (foráneos, por supuesto, aunque con pasaparte español y no se sabe si amparados también en la solidaridad interterritorial) que querían levantar allí la consabida urbanización con el consabido campo de golf. O dos, si cabían. Bendita crisis del ladrillo que todo lo paraliza, aberraciones inmobiliarias incluidas.
Sobre todo esto y mucho más han puesto los ojos desde Murcia, lo que demuestra lo larga que tienen la vista sus políticos. En Castilla-La Mancha (y en Extremadura, que en eso nos parecemos) acostumbramos a la mirada más corta y con presbicia. Y así nos va. Para tener molinos de viento con los que combatir se le ocurrió a alguien en Toledo que estaría bien lo reclamar para la región el agua que la cruza. El agudo estratega político incluso fijó una fecha: 2015, para impresionar más al respetable y dejar definido un campo de batalla... que en breve puede saltar en pedazos si así lo exige un señor en la Moncloa.
Con el nuevo curso parlamentario en el Parlamento de verdad, que es el de Madrid, los gestos y las posturas de aguerrido defensor de La Mancha pueden derivar en tristes visajes de prestidigitador con el truco al aire, amagos de guiños y brazos atados a la espalda en atención a la superioridad. A orillas del Manzanares, que es otro río sin agua pero con patos, nadie se cree que Castilla-La Mancha pueda mantener en su reformado Estatuto de Autonomía el planteamiento que sobre el agua y el trasvase se fraguó desde Toledo, con el acuerdo circunstancial del PSOE y del PP. En este otoño es difícil anticipar cuál de los dos grupos parlamentarios va a tener menos compasión con el texto, pim-pam-pum para la política nacional. Va a ser digno de ver cómo navegan sin naufragar entre los intereses contrapuestos Barreda y Cospedal, que para ambos va a haber marejada a fuerte marejada con viento del nordés rolando a norte. Ni aun con flotadores dormiría yo tranquilo, oiga.
Así, mientras decidimos si el agua que no hay es de todos o de nadie, entretenemos la espera de que pase una crisis económica que se nos va antojar interminable y para la que nadie pone remedio.
Por cierto: el nuevo trasvase -del que podrían beber Ciudad Real y Albacete pero en ningún caso Cuenca o Guadalajara- costaría 1.200 millones de euros, una minucia para un país tan boyante y solidario como el nuestro. Sí, ese país, el suyo y el mío, en el que las rondas siempre las paga otro.