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La Crónica de Guadalajara | Opinión
EL AYUNTAMIENTO DE GUADALAJARA REGALA SUELO
Augusto González
04/08/2008
La opinión semanal de LA CRÓNICA DE GUADALAJARA

El proyecto del Palacio de Congresos de Guadalajara es del siglo pasado y la Cámara de Comercio, una institución del siglo antepasado. Así de rápidas se hacen las cosas en nuestro pueblo, ya ven. Como para estar orgullosos de los que nos gestionan la cosa pública.

A la Cámara de Comercio e Industria de Guadalajara le ha venido Dios a ver en forma de Antonio Román en majestad, munificente prócer que regala parcelas municipales aquí -junto o al GEO- o allá -más allá de las vías del tren-, para que los que representan o dicen representar a los empresarios (Cámara de Comercio y CEOE, reconciliados sólo cuando les conviene) tengan patrimonio. ¿Quién dijo que el Ayuntamiento de Guadalajara no servía para nada?

Del tan traído y llevado Palacio de Congresos se ha hablado demasiado desde hace una década, hasta el punto de que en los últimos meses se trataba de él sólo a gritos, por aquello del diálogo de sordos en que se había convertido su gestación. En que no tengamos aún la tal instalación en Guadalajara han tenido que ver un buen puñado de políticos de los que aún andan por ahí:  Araceli Muñoz, que siendo consejera apañó un inventó para hacer que se hacía y no hacer nada durante varios años; José Bono y su “hereu” José María Barreda, que han sido tal para cual en el asunto… y el PSOE de Guadalajara, con Alique o sin Alique, que siempre han dicho lo que tenían que decir, pero siempre coincidente con lo que se deseaba desde Toledo. El PP no hizo nada porque ni siquiera le dejaron quedar en evidencia, que eran los tiempos de Bris cuando se inició todo el embrollo.

Desde Toledo han venido defendiendo últimamente que el susodicho Palacio de Congresos se construyera junto a Valdeluz, que está muy solo y muy desolado. También querían que la Cámara la presidiera otro para que sus asuntos se llevaran de otra manera, incluso en esto o muy especialmente en esto. Ni lo uno ni lo otro les ha salido bien, con lo que tampoco extrañará que tampoco paguen el Centro de Formación reiteradamente comprometido y todavía pendiente. Cosas.

Veremos ahora si a la Cámara le va bien con su órdago y es capaz de levantar junto al cuartel del GEO algo más que ilusiones. O se dan prisa en demostrar con hechos sus posibilidades o el asunto olerá mal… y no sólo por el apestoso tufo que ocasionalmente llega hasta esos parajes de la cercana depuradora de aguas de la ciudad, pestilente donde las haya. Y una acotación para Daniel Jiménez, que en esto anda equivocado: no es el Ayuntamiento el quiere echar a los GEO de donde están, sino que fueron los GEO los primeros en pedir un nuevo emplazamiento. Alique se lo prometió y aún están esperando.

Fuegos de artificio al margen, la Cámara de Comercio le ha hecho un gran favor a Guadalajara al hacerse un favor a sí misma incrementando su patrimonio a costa del municipal. Con su obstinación han abierto la vía para que los ciudadanos creamos que hay salvación más allá de la gestión (o falta de gestión) de nuestros políticos.

Los que nacimos a la mayoría de edad casi al tiempo que la Constitución nos creíamos a pies juntillas aquello de que en España había una economía social de mercado, término que aunque parecía rememorar a Marta Harnecker y sus lecciones de materialismo dialéctico sólo evocaba a los socialdemócratas escandinavos, tan admirados por entonces. Pues ya, ni eso. Ni somos iguales ante las autoridades (económicas o judiciales) ni los empresarios privados dejan de ser más eficientes que los gestores públicos incluso en tiempos de crisis. Aquí lo único que parece funcionar es el mercado; y cuanto más salvaje, mejor... aunque sólo para algunos, muy algunos, hasta que también caigan. Decididamente, contra Franco vivíamos mejor. O, al menos, lo teníamos todo más claro.

Si para llevar la gestión de un Ayuntamiento lo más eficaz es desmontarlo, de lo que cabe dudar es de la necesidad y conveniencia del propio Ayuntamiento. Quien no se lo crea, que mire lo que hay ante sus ojos: los parques los mantiene una empresa; la plaza de toros la construirá una empresa, que se la queda; los aparcamientos públicos son privados porque se dan a empresas privadas; el mantenimiento de la red del agua terminará en manos privadas esta misma legislatura y hasta las multas, las tasas y los impuestos municipales los cobrará una empresa privada porque el Ayuntamiento no sabe cómo hacerlo con un mínimo de eficacia. Y habrá más mientras quede qué privatizar.

Con ese panorama, regalar a la Cámara de Comercio un solar municipal para que intente hacer negocio levantando un Palacio de Congresos no parece un pecado sino pura coherencia. Más aún cuando el célebre informe (también de una consultora privada) esgrimido y pagado por la Junta de Comunidades para ubicarlo junto al AVE resaltaba que un Palacio de Congresos es un mal negocio, cuando no un negocio ruinoso. Si es así, ¿a qué tanto interés?  Si los dos Carlos (Remartínez y García Llorente, presidente y secretario de la cosa) salen con bien del envite, en plazos y sin comprometer económicamente la institución, será para reconocérselo. De entrada, ya han tenido el valor necesario para conseguir el regalo, quien sabe si envenenado. Ahora, sin excusas ni más distracciones, hay que levantarlo.

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