Fue un bochorno. Se mire como se mire. Por el norte y por el sur. Por el este y por el oeste. Por, tierra, mar y aire. La inauguración de Expo Guadalajara fue el ejemplo de lo que no debe ser. Y, sin embargo, así fue.
El consejero de Industria es un hombre de natural afable y de formación jurídica. Por eso, y porque no es tonto, debería haber comprendido que el dolo es una cosa muy fea, de las que no se hacen… y menos en lugar de otros. Creíamos los que le vimos que venía en lugar del presidente Barreda, para que éste no tuviera que prometer por tercera vez en vano un Palacio de Congresos para Guadalajara. Nos equivocamos: actuaba en representación de su secretario provincial en Guadalajara, como al día siguiente pudimos comprobar, al ver la efervescente actuación de Jesús Alique, tan diferente en las formas a su consejero y tan obsesivo con lo que cree suyo, aunque ya no lo sea.
Anunciar el día en que se abría la Expo que la Junta no pagará ningún palacio de congresos que no se construya en Valdeluz, afirmar que la Cámara no está defendiendo los intereses de Guadalajara con su postura contraria a esa decisión y hacerlo además en un foro ¡de la CEOE! era algo muy parecido a una declaración de guerra, como muy bien podría haber entendido don José Manuel Díaz-Salazar Martín. Y ahí estaba, inaugurando Expo Guadalajara, con un par.
Una azafata no pudo resistir tanta tensión y la pobre se desplomó justo cuando con más empeño el consejero de esta que dicen es nuestra región le hincaba el diente en la yugular a sus anfitriones. Con el sobresalto, la requisitoria contra la oprobiosa Cámara de Comercio le quedó deslucida, por lo que a Alique no le quedó más remedio que reaparecer en cuerpo mortal para terminar de poner a parir a Carlos Remartínez y a los suyos al día siguiente. Según para qué, Alique sigue siendo imprescindible, ya ven.
Entre medias, el presidente de la Cámara de Comercio demostró que se defiende mejor leyendo que improvisando. Hablar del proyecto de Palacio de Congresos y explicarlo con una fábula es propio de valientes o de inconscientes, máxime cuando hasta la fecha todo ha sido una gran, inmensa, inconmensurable fabulación. Ha tenido mañanas mejores Carlos Remartínez, vencido durante unas horas por la inquina política y traicionado por Samaniego, que ya se sabe que las fábulas las carga el diablo. Más acertado anduvo al desoír los posteriores cantos de sirena cabreada que le llegaban desde la sede del PSOE. ¿Y a fin de cuentas, para qué?
En toda esta batalla de fuegos de artificio (que queman, pero no matan) los más damnificados vuelven a ser los guadalajareños de toda condición. Si va a resultar que en la actual coyuntura económica el principal motivo de desazón para la economía alcarreña es la construcción o no de un Palacio de Congresos es que estamos todos locos o, cuando menos, despistados. A la Cámara de Comercio y a la CEOE son muchos los empresarios que querrían poderles pedir más interés por defenderles en estos momentos de crisis y de inquietud... mientras ambas instituciones están más a lo que han venido haciendo con constancia en los últimos años: pelearse entre sí con, entre, por, para, sin, sobre, tras las administraciones públicas, locales, provinciales o regionales. Lo peor es que, a diferencia de lo que ocurre en el baloncesto, no parece que nadie pueda imponer un tiempo muerto en la disputa cameral-patronal.
Son más, muchos más, infinitamente más los empresarios que no están en los secretos de todas estas disputas, porque ni quieren ni tienen tiempo, ocupados como andan por buscarle liquidez a sus negocios en un entorno que ha visto desaparecer el dinero como por ensalmo. Tras estos primeros problemas de financiación ya están llegando los despidos. Luego vendrán más y usted y yo quizá nos sigamos leyendo, pero menos boyantes que hoy, que tampoco es decir mucho.
Ampararse en un proyecto hecho a medida por una consultora a la que se pagó religiosamente desde Toledo para tal fin no es de recibo a estas alturas (del siglo y del Sotillo) como para llevarse hasta allá un Palacio de Congresos que ya huele. No lo veremos. O sí. ¿Qué nos importa?
La Cámara de Comercio está obligada, porque ha puesto en el empeño su palabra y su futuro, a sacar adelante el Palacio y el anunciado Centro de Formación, porque esa será la mejor manera de justificar una institución pública tantas veces cuestionada. La CEOE, presumiblemente, seguirá nadando a favor de corriente, pescando aquí y allá, incluso en El Ruiseñor enjaulado, donde tendrá su ansiada parcela para hacer sus cosas, que también deberían ser las de todos. Veremos.
La Junta de Comunidades, en tratándose de Guadalajara, ya no se sabe si va a o viene, salvo que Ángel Padrino lo tenga más claro. (Nos corrige el delegado de la Junta de Comunidades, aclarando que él no comió con el consejero; así será si él lo dice y hemos de creer a quien nos lo comunica en su nombre, de quien no dudaremos tanto como de nuestros espías, que en esta ocasión han equivocado los comensales. Lástima. Una ocasión perdida de explicar al consejero de qué va Guadalajara y de lo triste que es ver pasar los meses y los meses sin inauguraciones de la Junta que llevarse al protocolo).
Ante semejante bochorno ferial lo normal es desmayarse, como ustedes comprenderán. A la azafata inestable la salvaron al alimón María Antonia Pérez León y Antonio Román, que además de médicos son de lo poco cabal que nos está empezando a quedar entre los políticos alcarreños con algo de mando en plaza.
A la presidenta de la Diputación se le empeña el paisanaje en forzarla a prestar sus primeros auxilios en los lugares más insospechados: Hiendelaencina, la Feria Apícola, el Alto Rey y los pasillos de la Casa Palacio han sido testigos de cómo un cachetito y los oficios médicos aprendidos antaño han servido para devolver el color a más de uno, aunque sea sin bata blanca y sobre esos zapatos de aguja y tacón imposible que gasta la de Yunquera. Con la provincia, más nos valían esos cachetes afectuosos que los guantazos que estamos recibiendo los últimos años desde más allá de Meco. Y si hablamos de la capital, otro tanto, que a Román se le están acumulando trabajos pendientes y buenas intenciones menguantes en la misma proporción que a sus convecinos se les agota la paciencia de tanto ver, un día sí y otro también, que la cosa no cuaja como debiera. Pues menos mal que Román trabajaba en Urgencias. Para no creerlo.
En fin, amigos, vayamos acabando. Como bien sabrá nuestro respetado y voluntarioso consejero de Industria, abogado antes que donoso inaugurador de Expos, dolo es la ”voluntad maliciosa de engañar a alguien o de incumplir una obligación contraída”. Él verá hasta qué punto se está actuando con dolo cuando se trata de Guadalajara. Suerte que la política no sea un delito. Aunque hay políticas que lo parecen.