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La Crónica de Guadalajara | Opinión
LA GOBERNADORA
Augusto González Pradillo
07/07/2008
La opinión semanal de LA CRÓNICA DE GUADALAJARA

Han sido las últimas semanas campo abonado para los chascarrillos y las maledicencias a costa de Araceli Muñoz de Pedro, una ilustre ciudadana a la que han nombrado gobernadora mucho antes de que se tomara efectivamente tal decisión. Cuando Guadalajara se olvida de que es una capital se parece mucho a un pueblo, especialmente en su pasión por el cotilleo.

Con la mucha experiencia, política y empresarial, que tiene la susodicha no es de extrañar que los comadreos se hayan multiplicado hasta casi el infinito. Entre la numerosa corte de sus aduladores y la no menos numerosa cohorte de sus críticos embozados (a quienes el valor sólo se les presupone, porque no lo acreditan) nos han hecho asumir que la Subdelegación del Gobierno ya tenía ocupante cuando la realidad es que lo que tiene es un sillón vacío desde el 14 de junio. Hay que ver lo lento que funciona el Gobierno para lo que quiere.

Sea o no sea gobernadora, vaya hacia la alcaldía de Guadalajara como objetivo final o no, vaya o venga de Rayet a la política o haga lo que quiera, pueda o la dejen, Araceli Muñoz tiene una virtud acreditada y encomiable: nadie relaciona el devenir de su currículum con su condición de mujer. Ella fue cargo político antes de que las cuotas se impusieran y lo fue en atención a sus capacidades, adobadas con ese carácter tan suyo que tanto la caracteriza.

Vista la orgía de márketing estético/político en la que andan metidos PSOE y PP en los últimos meses (jugando al "y yo más" cuando se trata de teñir de rosa el escalafón) no deja de ser un alivio ver cómo en Guadalajara, tan catetos como somos para otros menesteres, acertemos en ocasiones en lo de no juzgar la conveniencia de los cargos políticos en razón de su entrepierna. Ya es triste cosa que en la Diputación Provincial, sin ir más lejos, para intentar entender las desventuras de Mercedes Cardín, la solitaria diputada de IU, haya quien dudara a qué despacho ir a preguntar o si era preferible quedarse a ver la televisión, por si el proceloso caso político-sentimental se desvelaba en "La Noria". Cardín se irá para Cabanillas tan discreta como siempre ha sido y la guerra de sexos se cobrará una nueva víctima, aunque en sentido contrario a lo últimamente acostumbrado.

Sea quien sea el que tenga mandato ministerial para ocupar el espacioso despacho del Paseo de Las Cruces, que llegue pronto y con ganas salvo que el propósito final de esto que vivimos sea hacernos a todos anarquistas y que atisbemos que vivir sin Estado no sólo es deseable sino también posible. A día de hoy ¿para qué sirve una Subdelegación del Gobierno? Curioso enigma entretenido de resolver al calor de cualquier tarde en este tórrido verano.

Hubo un tiempo, sin embargo, en el que existían los gobernadores civiles y ejercían como tales. Andando la democracia y para suavizar a los más ariscos nacionalistas, se les cambió la denominación y se rebajaron las competencias, aunque no siempre las incompetencias, sobre todo de una década a esta parte. Así hemos llegado hasta aquí, en que el tal cargo puede haberse reconvertido en simple cámara de descompresión para quien quiera volver a la política tras un prolongado tránsito empresarial. Las capacidades de la Administración son infinitas.

Quien venga (¡pero que venga ya!) tendrá un interesante precedente en la persona de Luis Mazantini Eguia, el elegante torero vasco que fue gobernador civil de Guadalajara como colofón a una biografía cuando menos singular. Cuentan de él que, tras recibir la alternativa de manos de "Frascuelo" y serle confirmada por "Lagartijo", se hizo su gran nombre por los ruedos de España no tanto por el uso del capote o la muleta como por una acreditada capacidad para el volapié, con el que pasaportaba a los astados sin mayores dilaciones. Así anduvo veinte años, de ovación en ovación como paradigma del torero resolutivo. A ver si el que venga, quien venga, demuestra una contundencia similar en el trabajo y éste sirve para algo... que de faenas de aliño en esa casa ya hemos tenido bastante. Un poco de espectáculo hasta puede venir bien, aunque sólo sea por variar.

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