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La Crónica de Guadalajara | Opinión
OPTIMISMO Y VIOLENCIA, PASANDO POR ALOVERA
Augusto González Pradillo
05/05/2008
La opinión semanal de LA CRÓNICA DE GUADALAJARA

Si digo que hoy no tocaba hablar de violencia es posible que me crean. En el cajón de los artículos pendientes había un poco de todo, desde ferias de muestras a las ferias de las vanidades tan de nuestro gusto. Pero lo que hoy toca es volver a hablar de Alovera, que se está convirtiendo (injustamente) en circunstancial sinónimo de violencia.

Desde que un desalmado se llevó por delante hace un mes a su ex-mujer y a quien convivía con ella, España ha hinchado bastante más la hedionda crónica negra del maltrato. Asesinatos y palizas han aflorado con el creciente ritmo al que nos acostumbra esta lacra desde hace años. Y con la costumbre el espanto, ya se sabe, espanta menos.

Para desazón de los buenistas impenitentes, que tanto abundan, desde Austria hemos importado un caso de esos que pasan a los anales de la brutalidad, hasta el punto de arrumbar a la cuneta del olvido acelerado al barcelonés ese, reiterado violador de su anciana madre, bajo llave y con Alzheimer por medio. Algunos aún no se han enterado de que el Mal existe y la maldad es su expresión. O dicho de otro modo: que el ser humano está condenado, desde el Neolítico y más allá, a ser libre y a elegir, que no todo está biológicamente condicionado. Para lo bueno y para lo malo. Que eso sean cosas de Dios o de los azares evolutivos tanto da para lo que nos ocupa: la Humanidad busca, a arreones y como puede pero en su generalidad, el bien y la justicia; aun así, entre los humanos no faltan los despistados y de vez en cuando nos flagelan los monstruos, que también los hay. Pues duro con ellos. Por higiene y por sentido común.

Alovera no es Austria. Ni siquiera es Barcelona. Alovera es una localidad de calles limpias pero demasiado ensuciadas por la estadística a la que obliga su padrón, tras años y años de crecimiento en proporción geométrica. A más vecinos, más hijos de puta… 

El malnacido que casi mata a una joven brasileña este fin de semana es un caso más, cutre y patético, de una psicología atrabiliaria. Cuando escasean las neuronas puede pasar eso y más. Las circunstancias particulares del asesino o del que ha querido serlo deberían importarnos mucho menos que las de sus víctimas, que se nos van acumulando en nuestro almario social hasta lo insufrible. Y no parece que todo esto nos conmueva como debiera. Ni a nosotros ni a los jueces, ni a los que nos gobiernan ni a los que simulan hacerlo. 

O se ejecutan las leyes o las leyes, por omisión, nos ejecutan a nosotros. Sin distinción de sexo, aunque parezca lo contrario. En determinados delitos, la mejor forma de piedad con el reo es no tener ninguna, como queda acreditado en los de índole sexual de una manera reiterada.

Pero es el caso que por decreto oficial estamos obligados a ver España como el mejor de los mundos posibles. Malo es que ese chute de optimismo temerario en vena se aplique cuando nos referimos a la crisis económica, pero en el caso de la convivencia (en su más amplio sentido) la cosa no debe, no puede seguir apañándose con evasivas… pues los errores los pagamos en sangre, siempre inocente.

Un viejo amigo de la izquierda internacional (aunque sólo a ratos) llamado Georges Sorel, ha dejado escrito:

“El optimista, en la política, es un hombre inconstante, o hasta peligroso, porque no se percata de las grandes dificultades que ofrecen sus proyectos. (…) Con harta frecuencia, estima que unas pequeñas reformas realizadas en la constitución política y sobre todo en el personal del gobierno, bastarían para orientar el movimiento social de manera que atenuase lo que el mundo contemporáneo ofrece de horroroso a los ojos de las almas sensibles. (…) No es siempre únicamente el interés lo que le dicta sus palabras de satisfacción, como suele creerse: al interés le ayudan grandemente el amor propio y las ilusiones de una anodina filosofía. El optimista pasa, con notable facilidad, de la ira revolucionaria al más ridículo pacifismo social”.

¿Les suena a algo? ¿Les recuerda a alguien?  No esperaba menos de tan perspicaces lectores… pero desengáñense: Sorel1 lo escribió hace más de un siglo.

Nosotros aún no hemos escrito salvoconducto alguno para nuestras víctimas cotidianas. ¿Qué tal una ducha fría de pesimismo para variar, justo antes de intentar encontrar y aplicar soluciones? No puede ser más fácil ni menos arriesgado zumbar a una mujer hasta reventarla que conducir deprisa por una autovía. Y en España eso, ahora, es así.

Viva el optimismo, compañeros. Mientras podamos contarlo.

 

1 Reconozco que en este fin de semana de sol, moscas, sangre y rabia se me ha aparecido sin pretenderlo el espectro de ese pintoresco teórico llamado Georges Sorel, como si treinta años no fueran nada. Hubo un tiempo que sus “Reflexiones sobre la violencia” tenían gran predicamento entre los universitarios, incluidos los españoles, por aquello de que daba un cierto marchamo de legitimidad a la violencia política… si la aplicaban los buenos sobre los malos. Los buenos, recordémoslo honestamente, eran los que gastaban barba y fumaban habanos. A eso se jugaba entonces, hasta el punto de que al abajo firmante le recomendó el libro una catedrática tan de derechas como Carmen Llorca. He vuelto a releer aquel libro y lo que mejor ha soportado el paso del tiempo es la cubierta, del añorado Daniel Gil. Eso… y la cita más arriba transcrita.

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