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La Crónica de Guadalajara | Opinión
REGISTRO ÚNICO DE INTENCIONES
Augusto González Pradillo
31/03/2008
La opinión semanal de LA CRÓNICA DE GUADALAJARA

Desde la irritación no es fácil escribir con ecuanimidad, pero esto es lo que hay. Ha sido tan fuerte el impacto de la muerte/asesinato/inmolación de la niña Mari Luz que aún seguimos entre todos dándole vueltas al caletre con el ánimo de encontrar alguna solución cuando ya es demasiado tarde para ella. ¿Hemos dicho entre todos? En España no nos une ni la selección: ya sólo nos unen las desgracias.

Ha estado diligente el presidente-zapatero a la hora de remendar la situación y acercarse, siquiera telefónicamente, al padre de la criatura. Le ha prometido que se pensará la conveniencia de ver si es posible iniciar los trámites para crear un registro único en el que todos los jueces de España, sus nacionalidades y regiones puedan verse cara a cara con el rostro más inhumano del mal, con nombres y apellidos.

Será o debería ser, si termina siendo, un registro necesariamente plurilingüe, en castellano, eusquera, catalán y gallego (¿por qué no en romaní, lengua de víctimas desde hace siglos?) para darle más engrudo a nuestra volátil torre celtibérica de Babel y entendernos mejor. Y si hay que hablar, hablemos, que tenemos la licencia del poeta: nos queda (sólo) la palabra. Muchas palabras, porque si fuera una sola nos comprometería.

En Castilla-La Mancha sabemos en propias carnes maltratadas que hubo quien enarboló un registro en papel oficial donde someter a escarnio a quienes violaban, apaleaban, insultaban, vejaban o mataban a sus mujeres para intentar así que otros dejaran de hacerlo. ¿Cómo van a pasar vergüenza los que no la tienen ni la conocieron nunca? En esta región los hay que siguen violando, apaleando, insultando, vejando o matando a sus mujeres como si fueran de su propiedad y sin importarles un bledo José Bono o el Diario Oficial de Castilla-La Mancha, con sus datos personales o sin ellos, que ya sabemos por dónde se pasan los energúmenos las sentencias condenatorias, cuando llegan. Esos, la dignidad la perdieron hace mucho por el camino que va de las circunvoluciones cerebrales a la entrepierna como para entretenerse con tamañas fruslerías.

En España, por hacer que se hace, propone dar más trabajo a los jueces el mismo Gobierno que es incapaz de dar una solución rápida a lo poco que le queda de sistema judicial propio y de su exclusiva competencia. Que quienes asisten impávidos a la huelga de sus aún funcionarios judiciales se pongan como objetivo otro imperativo judicial de imposible cumplimiento llamaría a la ternura del espectador… si quienes lo vemos no estuviéramos ya hace tiempo sumidos en el desconsuelo. ¿Es esta una carretera de sentido único o cabe desandar lo andado sólo con dar la vuelta? Lo pregunto, más que nada, por saber si lo de estrellarnos sin remedio es nuestro destino o sólo una alternativa entre dos posibles.

En Europa estamos embarcados todos en un mismo navío añoso, que hace agua por las cuadernas y al que se siguen sumando pasajeros en la creencia de que, ya que al menos aún flotamos, aquí se vive mejor y quizá vayamos hacia alguna parte. Europa, la que debería salvarnos de lo peor de nosotros mismos, ni siquiera nos ha podido evitar en los últimos días el espectáculo de un holandés errante entre el racismo y la simple locura, hijo de los que aún creen que el infierno es el otro, siempre y por si acaso, especialmente si el otro es musulmán o sólo ostensiblemente distinto.

Esto no lo arregla ni Dios, que está en otras ocupaciones y estas que ahora nos preocupan son estrictamente humanas. Pero entre buscar la solución absoluta o quedarnos en la mera palabrería siempre hay caminos… como el de la cadena perpetua para algunos delitos. Aunque para eso deberíamos asumir primero que existen individuos entre nosotros capaces de todo menos de cambiar su sino, ni solos ni con ayuda. Con tanto biologista contumaz como anda suelto por ahí, capaces de ubicar el alma en el cerebro y no morir (de risa o de vergüenza) en el intento, siquiera en que hay tarados difíciles de recomponer deberíamos estar todos de acuerdo. Pero tampoco.

La cadena perpetua, real y tangible como las costillas rotas de la niña Mari Luz por la pulsión salvaje de su verdugo, no sería la mejor cara posible para la Justicia pero sí la prueba de que los poderes del Estado (esos que un día fueron tres y ahora son apenas uno, pero sin Estado) entienden que administran vidas y no sólo entelequias. Como el sueño imposible de un padre, convertido en negra pesadilla, él sí ya condenado a vivir sólo del recuerdo de su hija.

Mientras hay vida hay desesperanza.

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