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La Crónica de Guadalajara | Opinión
TRISTE PP
Augusto González Pradillo
26/05/2008
La opinión semanal de LA CRÓNICA DE GUADALAJARA
El PP está triste… ¿qué tendrá el PP? Ni aun recurriendo a Rubén Darío podríamos saberlo, porque quizá ya no sea tristura, sino caraja. O una pura empanada mental. O síntomas peores.
 
Para evitar desvaríos o que el lector pase rápido de página (que en Internet es una tentación mortal, pues supone cambiar de pantalla para nunca más volver) aclaremos que nos estamos refiriendo al PP de Román, no al de Rajoy. Y más al de la capital que al de la provincia, aunque según hacia donde miremos encontraríamos también motivos para repartir crítica y acíbar.
 
Atribuía el poeta ultramarino la melancolía de la princesa de sus versos a la ausencia de un pretendiente dispuesto “a encenderte los labios con su beso de amor”. O sea, que la princesa estaba tan cachonda como insatisfecha. Al contrario que el PP, que de cachondo tiene lo justo y tras un año en el poder municipal de Guadalajara aún anda quejumbroso, errático, indeciso… preso en sus oros, preso en sus tules, en la jaula de mármol del palacio real, el palacio soberbio que vigilan los guardas, que custodian cien negros con sus cien alabardas, un lebrel que no duerme y un dragón colosal. Darío dixit.
 
Nadie sabe en la Plaza Mayor para cuándo lo quieren dejar pero lo cierto es que ha pasado un año y esto no se mueve. O casi. Después de los cuatro años de “Hurricane” Alique la ciudad esperaba un cambio y lo que se ha encontrado es una calma chicha que no anuncia paraíso y paz, sino tormenta. Más que nada, porque la dura crisis económica que nos asola se ha empeñado en facilitar excusas y distracciones a quienes si han demostrado algo es su peligrosa tendencia a distraerse con lo que no es sustancial.
 
Gobernar en una democracia no es tan difícil. Ni siquiera es tan caníbal como parecería si sólo mirásemos hacia Madrid. Para salir airoso de las urnas desde la oposición basta con que tu rival lo haya hecho mal. Para repetir en las urnas hay que mostrar capacidad para ilusionar a los que no te votaron y no desanimar a los que sí lo hicieron. La democracia es una suma de ilusiones. O de ilusos, según vaya la cosa.
 
El malo de esta película no se llama Antonio Román, aunque es el mayor responsable. Tampoco lo es Jaime Carnicero, aunque acredite una falta de cintura de cara al mundo exterior (ese que existe más allá de su despacho) que amenaza con depararnos emociones fuertes en lo que resta de mandato. Tampoco lo es Isabel Nogueroles, aunque tras doce meses siga presa cual princesa de un Patronato de Cultura que por no tener no tiene ni gerente. Lorenzo Robisco ya no está solo ante el peligro, que para eso le han puesto asesor; pero el peligro sigue ahí. Entre los cuatro se han comido las mayores porciones de polémicas indigestas en este primer año que ahora se cumple, pero a la mesa son trece los convocados. Nos faltan nueve. Búsquenlos.
 
Juan Antonio de las Heras sabrá por qué camina de perfil desde que ocupa asiento en el Senado. Eladio Freijo algún día explicará su aparente repugnancia por ocupar el espacio que durante años le era natural en los medios de comunicación. María José Agudo algún mes de estos tendrá a bien despejar su mesa de papeles y dar salida a alguno tan esperado como la Ley Antibotellón, por ejemplo, mientras seguimos aparcando de culo. Y así, más.
 
Muchos creyeron hace un año que el PP llegaba al Ayuntamiento de Guadalajara cargado de sentido común y con un mínimo de aliento para cumplir sus promesas electorales. A estas alturas anda todavía Antonio Román rebuscando en las arcas electorales dinero con que pagarlo, sin percatarse de que lo suyo no puede ser el superávit: eso era propio de Alique y de otros tiempos. Ahora, el déficit que nos van a dejar a los guadalajareños en 2011 o nos lo justifican ya con hechos o será injustificable.
 
Así las cosas, ya sólo faltaría que estuvieran pensando en cómo sacarle más cuartos al personal, con más impuestos. Trabajen con lo que tienen, que si no es bastante al menos es lo que hay. Y no se quejen más si no quieren que quienes les miramos aprendamos del ejemplo y empecemos a quejarnos sin tregua hasta la próximas elecciones. Y si de paso, nos lo cuentan más alegres, mejor. 

Ilusionar no cuesta dinero.

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