En nuestro empeño habitual por no distinguir entre el rábano y las hojas, políticos de ambas orillas se vienen ocupando desde hace días en la estéril tarea de restregarse las nóminas por la cara. Era el momento, claro.
Mientras que el común de los mortales sobrellevamos el susto aún no superado del año que ahora se inicia, los responsables de nuestras instituciones públicas están en el momento de echar a andar sus primeros presupuestos postelectorales. Y como la contabilidad es un arte de prestidigitación y fantasía (al menos provisional) da de sobra para reajustar la política salarial de los más próximos, incluso empezando por uno mismo.
Los periodistas hemos hecho los coros con distinto entusiasmo, dependiendo de las canas y de lo vivido en similares circunstancias. Como este su seguro servidor de canas va sobrado, entenderá el lector que el último episodio de aspavientos por los emolumentos políticos se vea con una cierta displicencia.
El mero recuento ya agota: se criticó primero a Barreda por su magnanimidad con el escalafón y consigo mismo y luego se le volvió a criticar por acordarse de la Cruz Roja; se criticó a la presidenta de la Diputación por subirse el mismo sueldo que meses antes todos consideraban impropio de su cargo y el antepenúltimo más magro de todo el Reino; se reprochó a Román por cobrar del Senado y ahora se le afea lo de cobrar del Ayuntamiento porque se supone que su consulta semanal y vespertina no será gratis para sus pacientes... y hasta en Alovera se toman los salarios como excusa antes que como argumento para rechazarle los presupuestos al PP gobernante, pese a que ni el alcalde ni los tenientes de alcalde cobran de las arcas municipales. ¿No es agotador?
Si dejáramos de una vez el sentido cutre de la existencia podríamos exigir más eficiencia donde ahora sólo supervisamos una imposible contención salarial. O dicho de otro modo: que cobren en los cuatro años que les toca lo que les venga en gana, siempre y cuando se lo ganen de verdad. Son tantos años de andar discutiendo por el chocolate del loro que parecen siglos. Y en estos siglos no hemos dejado de errar en el tiro unos y otros, ya sea por malicia, ignorancia o torpeza.
Cuando se habla de cargos públicos salidos de las urnas uno prefiero dárselo y no que se lo lleven. Les hemos elegido por su capacidad, que deben demostrar y que en la vida civil les sería compensada con un salario equivalente a sus méritos. Pues que se lo ganen, que estamos esperando. Muy distinto suele ser que entre la cohorte de colaboradores de toda laya que se incrustan en el organigrama cada cuatro años no se cuelen unos cuantos que deberían estar de visita periódica en la calle Regino Pradillo. Ustedes ya me entienden.
No es de recibo que ayuntamientos, diputaciones y otras hierbas sirvan para "liberar" a la militancia más fiel, que no siempre es la más preparada y que incluso a veces es la menos indicada para resolver lo que se les encomienda. Así lo demuestra la historia y así lo ratificarían las barras de los cafés frecuentados por los funcionarios de carrera si hablaran (las barras, digo, que los funcionarios bastante tienen con callar y soportar).
En conclusión: no ahorren en sus sueldos y derrochen eficacia. Así no dudamos de ustedes ni ustedes nos decepcionan. ¿Vale el trato?