Dicen las crónicas que tras prometer el cargo y justo antes de desvelar al mundo ese su nuevo Gobierno tan bonito, José Luis Rodríguez se compungió por las muertes de Alovera.
Lo hizo ante alguien que conoce Guadalajara (más exactamente, el virreinato de Alocén), que se llama Francisco José Hernando y al que todavía le queda una temporada, corta, para pasar por mandamás de ese imposible llamado Justicia.
A ellos se unió, en terceto incomparable, un ciudadano en edad de jubilable llamado Juan Carlos, de apellido Borbón y que se dedica a recibir en casa para que los presidentes de España prometan ante un crucifijo, una Biblia y una Constitución. Está bien que hablen. Estaría bien que, además, hicieran algo.
A los que vivimos un poco más cerca de la realidad sangrante de estos días nos queda como compañera la duda de si es posible hacer algo eficaz. Si es posible esperar algo de alguien. Si nos queda algo más que gritar y lamentarnos.
Nos habíamos llegado a creer tierra de promisión para muchos y hemos terminado por entrar en los telediarios como un desordenado almacén de dramas personales, una atribulada sucesión de chalets pareados y pisos en alquiler para que los energúmenos disparen a bocajarro a la mujer que creen de su propiedad o la pongan en fuga desde un tercer piso.
Para llegar hasta ese punto no ha bastado con la acreditada maldad natural del ser humano, que es una base a prueba de buenismos. Para alcanzar estos abismos que creíamos insondables han tenido que fallar jueces, funcionarios de juzgados, asistentes sociales, compañeros de armas y hasta la madre que los parió, aproximadamente.
No es tiempo de hablar en la Zarzuela. Ni siquiera es tiempo de escribir aquí o en el Boletín Oficial del Estado. Lo que ya toca es que todos y cada uno de nosotros exijamos y nos exijamos ser de otra manera, de un modo que no veamos al otro como algo susceptible de ser poseído, cosificado, maleable, disponible, ejecutable. Y que lo hagamos todos los días, toda una vida para que en algún momento algo profundo cambie en los que luego vengan. Sobran las palabras para explicarlo. Nos sobran tantas palabras como cadáveres yermos.
O nos salvamos entre todos o no nos salva nadie. Ni aunque nos lo prometan en una casa muy amplia, ante una crucifijo, una Biblia y una Constitución.
Y si esta mañana le supo mal el café del desayuno no le eche la culpa al camarero: era la realidad, que es más amarga de lo soportable.