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La Crónica de Guadalajara
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Miércoles, 28 de junio de 2017

Lo que queda de una manifestación

Fotografía a la que hace alusión el artículo de Augusto González Pradillo.
Actualizado 27 octubre 2016 10:33  
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Manifestarse de joven es un rito iniciático en las sociedades capitalistas occidentales. A diferencia de lo que ocurre con otras ceremonias de paso, como las de los masai, aquí no están reservadas para los hombres de la tribu. En nuestras manifestaciones adolescentes y juveniles se comprueba el creciente número de mujeres, vaticinio de un futuro mejor. 

Este miércoles hubo protestas generalizadas contra la LOMCE, que es un muerto pendiente de entierro y cremación. A ver dónde ponemos las cenizas, con las trabas que se le han ocurrido al Papa latinoché que ahora nos toca padecer.

En Guadalajara, la tapia de uno de los solares que la asolan se convirtió en atril para dejar en pública exposición tres de las pancartas, desaparecidos horas antes los que las habían portado. Léanlas, que para eso el fotógrafo de este periódico (que también hace de señora de la limpieza o de director, según corresponda) se ha preocupado de dejarnos la imagen para la eternidad.

De las manifestaciones queda el recuerdo pero se suele olvidar qué las motivó. Este que les escribe, por ejemplo, anduvo en Cuatro Caminos mientras los grises de Rosón esperaban a caballo para cargar; en la Complutense, barrida por las lecheras; dentro del "San Juan Evangelista", en el último amago de desalojo a porra batiente, oyendo en la noche a los del "Mara" jalear a los policías para que no se contuvieran; en los saltos de Argüelles, hasta encontrar cobijo en El Corte Inglés de Princesa, providencial burladero lleno de perfumes... O en el vestíbulo de Periodismo, con el eco de unos disparos, días después de que mataran a Yolanda. ¿Quién se acuerda de todo eso? ¿Por qué pasó? ¿Para qué sirvió? En esos meses unos políticos y un rey ya jugaban a golpistas, a embarazar a España pero sólo un poquito. Bastó con la puntita, ya lo saben. Hasta ahora.

El futuro no es un infierno con este Gobierno, por más que resulte un pareado apropiado para una pancarta. El futuro es siempre un infierno, con cualquier Gobierno. Por lo que es y, sobre todo, por lo que pudo ser.

Cuando el arriba firmante gastaba barba y 19 años, apenas había pasado una década desde que los pijos de París buscaron la playa debajo de los adoquines del Marais, con un De Gaulle en fuga, más herido por aquellos gritos que por las balas de Dinant, cuando el general todavía era teniente. El poder tembló. En realidad, juegos florales de la Historia. Lo sustancial siempre se decide entre cuatro paredes o en campo abierto, por dinero o a tiros.

Los que hoy gritan en las calles mañana firmarán hipotecas, comprarán pañales y le quitarán cada mes el polvo al jarroncito donde reposan las cenizas de su madre. En la tercera estantería, no muy lejos de la pantalla del televisor. 

Ni ellos mismos recordarán por qué se manifestaron un día como ayer.
 
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