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La Crónica de Guadalajara
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Jueves, 17 de agosto de 2017

¿Qué hacemos con Franc Zafac, muerto en Guadalajara?

El Palacio del Infantado y su plaza, bajo la lluvia del 20 de noviembre de 2016. (Foto: A. González)
Actualizado 21/11/2016  
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Ultimaba el periodista la digestión de la enésima nota de prensa cuando, por tomar algo de aire, decidió que sería sano asomarse a Internet y ver qué caía. De web en web, terminó en la del Ayuntamiento de Guadalajara. No es que sea la más transparente ni tampoco la más amigable, pero ahí está, para quien la quiera destripar. En un arranque entre morboso y curioso, quiso el gacetillero cansado comprobar cuántos chinos y cuántos musulmanes han recibido sepultura en la capital alcarreña desde que Franco la tomó en el Valle de los Caídos. Aparentemente, ninguno. Es uno de los misterios de nuestro tiempo.

En la revisión de los listados brincaban por la pantalla apellidos españoles; evocadores de recuerdos algunos, ajenos la mayoría. Y al final de todo, como si el destino le hubiera querido regalar un premio de consolación, apareció Franc Zafac y un dato potencialmente interesante: sus restos habían sido depositados en el osario el 20 de julio de 1949. ¿Quién era ese hombre, con ese nombre de pila y ese apellido? Ni siquiera el omnisciente Google ayudaba mucho en la tarea. Ni con esa grafía ni con ninguna otra parecida. Misterio.

Ese hombre era eslavo, sin duda. ¿Pero qué hacía en Guadalajara después de la Segunda Guerra Mundial? Acaso fuera un croata camuflado, que ya se sabe cómo se las gastaron con sus enemigos, hasta el punto de horrorizar por su crueldad incluso a los propios nazis. O tal vez un húngaro, también fugitivo de los aliados. Interesante, en todo caso, imaginar a un extranjero en aquella Alcarria de las cartillas de racionamiento y el comedor de Auxilio Social. ¿Un protegido de los falangistas? ¿Un paria casi anónimo? Gracias a que en Guadalajara existe un Archivo Municipal y que al frente está Javier Barbadillo, andando las semanas fue posible dar algo más de luz al caso.

La fecha del registro no indica la inhumación, sino el último traslado de los restos. Yendo para atrás en los legajos y en el tiempo, allí está: fallecido el 20 de marzo de 1937 y enterrado al día siguiente. Junto a otros muchos, desde un polaco a un italiano pasando por un Francisco García, de Ciudad Real. Eran días de mucho ajetreo en el camposanto.

¿Franc Zafac era un brigadista? Las fechas coinciden y hacen creíble que nuestro desconocido muriese en plena contraofensiva republicana por las alcarrias, más arriba ya de Brihuega, tres días antes de darse por terminada la batalla.

Misión cumplida también aquí, 79 años después, a este lado de la Historia y de la pantalla del ordenador. Aunque siga habiendo más preguntas que respuestas. Como casi siempre.

¿Qué le trajo a España? ¿Cuántos años tenía? ¿Cómo era? ¿De dónde venía? ¿Dónde murió? ¿Qué fue lo último que vieron sus ojos? ¿Quién le lloró? ¿Quién le habría llorado de haber conocido su muerte? ¿A quién amó? ¿Cuáles eran sus convicciones? ¿Cuáles sus miedos? ¿Se imaginaba muerto y olvidado, con sus huesos convirtiéndose en polvo en un cementerio español? Probablemente, no.

A pocos metros de donde le dieron inicial sepultura yacía desde hacía tres meses, muerto pero sin enterrar, el Palacio del Infantado. Su osamenta de piedra del siglo XVI seguía ocupando el centro de una plaza imposible, por irregular. Mucho antes de que se recompusiera lo que no habían quemado las bombas incendiarias, las nuevas autoridades le dieron nombre: Plaza de los Caídos. Andando el tiempo, el socialista Javier de Irízar, el hijo del falangista don Mauro, lo matizó para intentar abarcar a todos, reconciliarnos con nuestros muertos y a los vivos entre sí; la renombró como Plaza de los Caídos en la Guerra Civil, que es como aún sigue en el callejero. Eso incluía también a nuestro Franc Zafac, al que nadie conocía entonces.

Hagamos lo que hagamos, sigue pasando el tiempo, que sólo parece menos pertinaz que la estupidez. Llueve agua sobre ese suelo donde un día llovieron bombas. Y no aprendemos. Aquí parece que sólo conviven sin pelearse los muertos, cuando ya es demasiado tarde para todo.

Descansa en paz, Franc Zafac, tú que fuiste a morir en esta tierra ingrata. Al menos, donde ahora estás poco habrá de importarte que otros tropiecen por donde tu pisaste.

Como si alguien alguna vez hubiera ganado alguna guerra...

 
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