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La Crónica de Guadalajara
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Viernes, 28 de abril de 2017

Y sin embargo, amanece en París un año después

Una de las terrazas tiroteadas en París, fotografiada en el amanecer del sábado
Actualizado 12 noviembre 2016 12:07  
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Hace un año, ocurrió en París y hoy debemos recordarlo.


De un lametón en la mano izquierda has vuelto a la realidad. Con la derecha aún sujetabas en equilibrio inestable la "tablet" que te ha acompañado buena parte de la madrugada. Has salido del sueño para encontrarte de frente con la pesadilla: los 128 muertos de los atentados de París, los doscientos heridos, los millones de aterrorizados...

Abres los ojos y miras a tu perro, que no sabe de geopolítica ni de hijos de puta y por eso le sonríes mientras te vistes para sacarle a la calle. Con bolsa para recoger los excrementos, que estamos en Occidente.

Este sábado ha vuelto a amanecer, aunque anoche llegaras a dudarlo. Por más que te esfuerces, aun respirando en Guadalajara te ahogas en el recuerdo constante de París, como si el sentido de tu vida ahora dependiera de la muerte de tantos.

En el parque clarea mientras una pareja de mirlos salta por el césped. Los que vuelven de pasar la madrugada entre copas y charlas son apenas unas sombras con zamarra.

Debe ser cierto que no hay distancia para el recuerdo. Sigues pensando en las víctimas del "Bataclan" cuando intentas comenzar el día como un día más. Pero es distinto.

Sin pretenderlo, terminas tomando un café en "Hernando" y pides un croissant para acompañarlo. En ese preciso momento caes en la cuenta de que aquí comemos curasanes incluso cuando pides un "croissant" con tu mejor acento francés, el que usas cuando caminas esa ciudad ahora bañada por el Sena y por la sangre de inocentes. ¿Dónde están los culpables?

París no está acostumbrada a que la asesinen en sus calles. Cuando Francisco I cayó derrotado ante Carlos V, el de Gante no arrasó la ciudad (eso lo reservó para Roma) y se trajo a su rehén para el Palacio del Infantado, donde se le agasajó con fiestas; hasta el concejo pagó saraos, para que el francés se distrajera.

Hace ahora justamente un siglo, los alemanes mataban de una sola ráfaga de ametralladora a más franceses que los moros del Viernes 13 en toda su noche de terror. Eran soldados por cuenta propia y causa ajena los caídos en Verdún por cientos de miles, a menos de una veintena de kilómetros de la Plaza de la Concordia, disputando millón y medio de hombres por un minúsculo fortín que tampoco tenía la llave del paraíso ni de sus huríes.

En la siguiente guerra, que era la misma guerra dos décadas después, mucho antes de las invasiones de Merkel, los soldados de un loco austríaco ocuparon París sin lanzar ni un obús para que Simone de Beauvoir conociera el sexo furtivo, Pablo Picasso acomodara sus horarios a los desfiles y los parisienses todos se sintieran superiores desde la sumisión ficticia al invasor. Los muertos quedaban más allá. Anoche, no.

La sangre que encharcó los trenes de cercanías en 2004, tan cerca de nuestro corazón de atónitos españoles, es la sangre que ha regado las terrazas del boulevard de Charonne, del boulevard Voltaire, en la rue de Fontaine au Roi o en la rue Alibert, con los explosivos hechos balas. El mismo horror.

Tu recuerdo se vuelve una y otra vez a París. Revives aquella terraza de aquel bistrot. Preferiste pasar al interior, para evitar el bullicio de la calle. Eso te habría salvado. Qué absurdo. Vuelves a disfrutar de la conversación con el dueño del local, a los postres. Era un hombre joven, frisando la treintena. Se reía a borbotones de sus chistes y de los tuyos, mientras vuestro empeño trascendental era determinar si la cerveza en Francia es muy cara o muy barata en España. De tanto hablar te enteraste que era hijo de inmigrantes marroquíes. Moro. Parisino. Musulmán. Europeo. Buena gente. ¿Qué habrá sido de él? ¿Qué será de todos nosotros?

Está oscuro mientras escribo estas líneas. Y sin embargo, amanece.
 

(Artículo publicado en LA CRÓNICA en noviembre de 2015, con el título "Y sin embargo amanece", cuando aún no había terminado el recuento de cadáveres en París, capital de la libertad y de la luz).

 
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