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La Crónica de Guadalajara
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Miércoles, 29 de marzo de 2017

Yo elijo mi patria

Actualizado 18 agosto 2016 09:56  
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Los Juegos Olímpicos de Río están dando su previsible dosis de sudor (mucho), lágrimas (bastantes) y esfuerzo. Churchill también mencionó la sangre, en su célebre arenga en la Cámara de los Comunes, como una de las condiciones para la victoria inglesa en la Segunda Guerra Mundial. Una sangre personal, individual y colectiva al mismo tiempo, en defensa de la patria frente a la amenaza exterior. Nada que ver, por tanto, con la genealogía.

El que inventó las banderas se propuso, antes que nada, distinguir las tropas propias de las ajenas en el campo de batalla. Y ahí siguen, al viento de los nacionalismos.

Por eso, cuando ves ganar como español una medalla de plata al cubano Orlando Ortega, le reconoces el mérito, el derecho y el orgullo de arroparse con una bandera rojigualda por todo el estadio olímpico. A él, sí, que hace tres años dormía en un pésimo hotel de Guadalajara, en los primeros meses de su escapada hacia una vida mejor, lejos del Caribe y todo lo lejos que fuera posible del régimen que allí sobrevive y hace malvivir a tantos.

Recuerdas los tiempos en que la Fuente de la Niña tenía unos mínimos vestuarios y una pista de tierra que quizá alguna vez fue de ceniza. Te acuerdas de esa medalla que te dieron por ser tercero en una carrera en la que sólo corrían seis (incluido el gordo de los Salesianos) y te asombras de que ahí mismo, pero sobre el tartán del pasillo de saltos, décadas después, haya estado entrenando Yulimar Rojas, la venezolana medalla de plata en triple salto en Río. ¿Cómo nos referimos a Iván Pedroso, su preparador en la Alcarria? ¿Pluricampeón cubano? ¿Padre y marido castellano? Aquí está, aquí vive, aquí trabaja, aquí obra milagros el habanero Iván Lázaro Pedroso Soler. Él tiene claro que no se nacionalizará español, porque ama a Cuba y agradece todo cuando le dio su país, aunque desde hace años viva en éste y tenga aquí su familia.

Durante casi todo el siglo XX, a los españoles la única piragua que nos sonaba era la de Guillermo Cubillos, por la cumbia colombiana que bailábamos en las verbenas de los pueblos. Ahora, gracias a Marcus Cooper Walz sabes que pueden nacerte en Oxford, hijo de Fiona, alemana, y ser español por los cuatro costados. El padre desapareció de su vida cuando apenas llevaba tres meses por el mundo y nunca tuvo tiempo ni presencia para firmarle los papeles y facilitarle que se nacionalizara español. O sea, las cosas de la vida. ¿Cuáles son los sentimientos "correctos" para un español así, que lo ha sido siempre porque siempre lo ha querido ser? ¿Le considerarán foraster sus paisanos mallorquines? ¿O quizá súbdito de los Països Catalans y, por tanto, acompañado de la cuatribarrada cuando lo citen en los informativos de TV3?

Para un español con pinta de español que nos encontramos en la pantalla de la televisión, ajustado al canon celtibérico, va y resulta que nació en Australia. Se apellida Hortelano y sus padres le tuvieron allí, donde trabajaban como ¡científicos especializados en microbiología molecular! Él mismo se ha licenciado en biomedicina, en Canadá. Qué poco queda de los tópicos de Mallarmé entre nuestros atletas olímpicos y en nuestro propio país. Afortunadamente.

Hace 24 años, coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Barcelona, un grupo de españoles turisteaba sin prisas por el norte de la India. Uno de ellos no dejaba libro de visitas sin firmar en cada templo o monumento que pisaba. La rúbrica iba junto a su nombre y un dato para él muy relevante: "From Catalonia". Hace un cuarto de siglo. A miles de kilómetros. Entre tanto trajín de apostolado nacionalista se le pasó por alto, saliendo del Templo de los Monos de Benarés, que una niña de unos tres años dormía arrebujada en el quicio de una puerta, con su cuerpecito en equilibrio sobre el estrecho escalón. Uno de sus compañeros del grupo preguntó y se lo explicaron: la cría había sido abandonada, como tantas otras. Ese era una de los sitios más habituales para hacerlo.

Tantos años después, aquel viajero aún se pregunta qué habrá sido de la pequeña. Si vivirá o habrá muerto. Qué pensamientos tendrá o qué sueños no pudo cumplir. También se acuerda, aunque menos y con menos aprecio, de aquel catalán coñazo.

Mi patria es mi vida. Sólo es mi patria la que me deja vivir como yo quiero. Quizá por eso no tiene bandera. Ni fronteras. Allí viven Orlando, Pedroso, Cubillos el de la piragua, Marcus, Hortelano, la mujer a la que amo, la hija que me quiere y la imagen de esa niña dormida en Benarés, rompiendo en pedazos cualquier tentación de patriotismo. Mi patria estaba allí.
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