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La Crónica de Guadalajara
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Lunes, 18 de junio de 2018

Ana Julia Quezada, su origen y una foto

Lugar donde viven los familiares de Ana Julia Quezada en La Vega (República Dominicana). (Foto: Listín Diario)
Actualizado 13 marzo 2018 15:39  
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Santo Domingo intentó volver a ser parte del Reino de España en 1861. Isabel II, más preocupada por restregar sus lorzas con lo más jacarandoso del Palacio de Oriente que de gobernar bien su patria, no hizo mucho para que prosperara la tal pretensión de aquellos antiguos súbditos, acosados y temerosos entonces por la negritud haitiana, de la que siempre han desconfiado. Paradójicamente, la rebelión de los esclavos negros de la colonia francesa es casi contemporánea a la Revolución de 1789 en la metrópoli. Por estrategia diplomática, España suministró de forma continua armas y recursos a los esclavos que al Occidente de la isla mataban a los terratenientes blancos.

Ha llovido mucho desde entonces y ha caído mucho sol tropical a plomo sobre La Española. Pero es el momento para volver, asomarse y seguir los pasos de Leoncio Peralta, un periodista de "Listín Diario", que este 13 y martes ha publicado un reportaje sobre los familiares de Ana Julia Quezada (pronúnciese Quesada) al modo antiguo, desplazándose al lugar y hablando con la gente.

Todos lo que llevan su sangre expresan "su consternación y su angustia por este grave hecho, al tiempo que rechazan el comportamiento de su pariente, de resultar culpable". Su propia madre, Juana Cruz, una mujer de 72 años y que parió a otros nueve hijos, pide con sensato aplomo que "se haga una profunda investigación y que, si es inocente, que la liberen; y que si es culpable, que la condenen". Quiere creer que fue "el demonio el que la indujo a cometer el hecho". Tampoco faltan los reproches maternos, al definir a la supuesta asesina como "una persona descuidada y desentendida con su familia en República Dominicana" pasados ya 26 años desde su partida hacia España, con algunas ocasionales y muy fugaces visitas. Su hermano José Manuel corrobora que ella es una persona muy “dejada” con su familia, "debido a que cuando venía al país ni siquiera pasaba por donde ellos".

Y será por todo lo dicho y por lo que queda por decir que es improbable que de las palabras surja nada en claro. Quizá lleguemos a saber cómo se sucedieron los hechos, habrá un juicio y una condena pero ¿quién podrá poner negro sobre blanco las razones últimas o primeras de quien perpetró el horror? Ni la pésima sintaxis judicial lo hará ni llegará de los buceadores de cerebros, ese órgano arrugado y que de todo nos exculpa desde que la Neurología se convirtió en religión.

Puede que tampoco esté la clave en la fotografía que ilustra el reportaje y este mismo artículo, tomada en el lugar donde vive la familia que vio crecer a la que hoy es investigada como una cruel asesina. Pero es un testimonio gráfico inesperado e incómodo para los que nos afligimos desde Europa, incapaces de asomarnos ahí fuera.  ¿Están ahí las claves de algo? ¿La pobreza explica el mal? Evidentemente, no, por más que ya haya profetas que lo pregonen desde las garitas de guardia de alguna izquierda desorientada. ¿O no será más cierto, como dicen los fiscales, que el mal sigue sus propios caminos? ¿Hay algo que explicar o que explicarse en este caso? ¿Alguien sabe algo del Mal, ese proscrito de nuestras vidas desde la Ilustración que no deja de acompañarnos cada día? Aun así, habrá legisladores que seguirán empeñados, esta misma semana, en legislar sobre lo imposible.

La muerte del niño Gabriel, además de que nos haya rasgado las entrañas, nos obliga a dudar del propio género humano, sobre todo por el desconocimiento que tenemos de nosotros mismos. Entre malvados y estúpidos, arribistas necios y ectoplasmas bípedos, meapilas de frenopático y sinvergüenzas sin vergüenza algunos días parece que ya no hay sitio para nadie más y que andar por las calles obligue a hacerse hueco a codazos. De vez en cuando, también entre asesinos.

Y aun así, seguimos caminando.


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