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La Crónica de Guadalajara
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Jueves, 16 de agosto de 2018

Andrés Berlanga en el recuerdo

Actualizado 12 febrero 2018 12:43  
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Posiblemente nadie ha hecho tanto para poner en valor el lenguaje popular y las dificultades de vida en el medio rural de la comarca de Molina en las décadas de la postguerra y, por extensión, de la provincia, que el periodista de Labros Andrés Berlanga, que lamentablemente para todos nos acaba de dejar a los 77 años.

Andrés Berlanga  trabajó en el diario Ya y en la agencia Logos, escribió varias novelas, cientos de artículos de prensa y dirigió durante años la exigente dirección de Comunicación de la Fundación Juan March, en Madrid, donde entre otras muchas cosas editó y dirigió la maravillosa revista Saber Leer dejando un sello personal que no ha sido posible cubrir desde que se jubilara.

Pero, sobre todo, Andrés Berlanga era un labreño. A pesar de su éxito profesional en el periodismo y la novela, vivía también por y para su pueblo natal, Labros, en plena Sexma del Campo del Señorío de Molina.  Por ese sentimiento tan especial, el cariño y amor a todo lo que olía a Labros, a Molina y al medio rural que había vivido en su niñez tan intensamente nació su novela más conocida y exitosa, La Gaznápira, en 1984, todo un ensayo literario  basado en el buen uso del lenguaje popular de la zona y en la que narra con brillantez e inigualable riqueza literaria la agonía de aquellos pueblos nuestros a la par del éxito profesional de muchos de sus originarios, la vida tal cual desde que se inicio el doloroso proceso migratorio.

Si algo me ha sorprendido siempre de Andrés era su absoluto desinterés por las cosas banales, por la superficialidad del triunfo, por eso nunca quiso apropiarse en beneficio propio del éxito editorial de La Gaznápira, en realidad su satisfacción se completó al poner en valor el origen humilde de su pueblo y sus gentes, el valor de lo sencillo, la riqueza y variedad del lenguaje popular de nuestro medio rural y la lucha honesta, libre y comprometida de aquellas generaciones de labradores y ganaderos que lo dieron todo por sus pueblos y lucharon a brazo partido, con sus envidias, miserias y grandezas, para dar lo mejor a sus hijos que ya, como el propio Berlanga, y la protagonista de la novela, Sara, se labraron la vida, por pura necesidad, lejos del pueblo.

Con la misma intensidad que Andrés vivía Enriqueta Antolín, su esposa, también fallecida hace cuatro años, aquella sociedad tan suya, peculiar y rural. Enriqueta, novelista de prestigió a la que adoraba  y con la que  compartió inolvidables momentos en su vida familiar y, por supuesto, en la fragua de Labros, salvada de la ruina como tantas otras fraguas para lugar común de los labreños, se hizo tan labreña como Andrés, o más, y  así fueron parte esencial junto a otros muchos labreños en la recuperación de la vida del pueblo, de sus fiestas y teatro, de sus comedias, sainetes o monólogos, y del inolvidable LABROS, periódico de la Asociación de Amigos, de su sociedad en fin, y aún más, fueron parte activa en el movimiento  asociativo de los pueblos molineses que tanto bien ha hecho en la comarca frente a la despoblación y el abandono.

Andrés Berlanga nunca se dejó llevar por los oropeles del éxito cosechado con La Gaznápira, y siempre he tenido la sensación de que se encontraba realmente a gusto en su Labros natal, en los pueblos de la comarca que tan asiduamente visitaba, con sus gentes sencillas y humildes, con sus convecinos y amigos, más que en los escenarios cosmopolitas de la cima literaria. Por eso, ha llegado la hora de que Guadalajara, de manera institucional y colectiva, le brinde el homenaje merecido por todo aquello que nos enseñó con La Gaznápira y que nosotros teníamos olvidado, tal vez despreciado.


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