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Viernes, 20 de julio de 2018

Andrés Berlanga no sale en la foto

Acto literario en Molina de Aragón. Fuera del foco, Andrés Berlanga y Enriqueta Antolín.
Actualizado 12 febrero 2018 14:11  
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Torrente de necrológicas ha tenido Andrés Berlanga en la hora de su muerte, que es cuando ese género periodístico cobra sentido. Hacer las necrológicas en vida, sobre todo si se alude a políticos, es recibido con muestras de desaprobación por los lectores y, sobre todo, por el finado por anticipado.

A ese hijo de Labros se le quería, y mucho, en Madrid. Desde hace décadas, el "lobby" guadalajareño ha tenido su relevancia en la Corte, incluso sin ejercer formalmente como tal. Es lo que tiene la despoblación: quienes la lloran suelen hacerlo desde sus oficios en la capital. Es el sino de los pueblos y de "La gaznápira", la novela que sacó a pasear el talento para la narrativa del penúltimo paisano valioso que se nos acaba de ir.

Andrés Berlanga era un gran desconocido para la gente de su provincia como lo es cualquiera que no salga en Telecinco o en La Sexta, según los gustos para el adoctrinamiento de cada cual. Ni hay mejores fuentes de conocimiento ni la capacidad de recuerdo de la masa informe supera ya el lapso de tiempo que dura un programa de televisión.

Se encargó durante décadas de dar lustre y buenas relaciones a la fundación cultural que Juan March dejó en herencia a los españoles, de igual manera que antes nos había dejado en herencia a Franco (Juan March, no Berlanga) al pagar buena parte de los gastos de aquel Alzamiento, tan glorioso para quienes lo promovieron. Tal que Cambó, ese catalanista primigenio, cuya colección de pintura engrosa en gran medida lo que ahora llaman Museo Nacional de Arte de Cataluña.

Un cuarto de siglo antes que "La gaznápira" ya se había hecho un experimento exitoso de fusionar medio rural, infancia y lenguaje. Lo hizo Neira Vilas, en gallego, con sus "Memorias dun neno labrego". En 1961 las lenguas regionales no estaban prohibidas, aunque sí desdeñadas por la oficialidad. Dicho sea de paso y por ayudar a aclarar algún equívoco que todavía pervive.

Con el paso del tiempo, de la Dictadura a la Democracia, a los escritores se les siguió utilizando para adornar el paisaje. Así ocurrió en estas tierras con la contundente presencia de Cela y con las ocasionales visitas de Sampedro, por no hablar de las peregrinaciones a casa de Buero. Ya se ve: Madrid, siempre Madrid, como referencia para Guadalajara.

A Andrés Berlanga le tocó también hacer de intermediario cordial para que Luis Mateo Díez hablara en Molina de Aragón, un 21 de marzo de 2007. A la hora de buscar el recuerdo gráfico de aquella jornada, la sorpresa es que Berlanga no sale en la foto. Tampoco su mujer, Queta Antolín, que compartía con él las labores de presentación del escritor y amigo. Los que salían retratados por el servicio de propaganda de la Junta de Comunidades, flanqueando a Luis Mateo Díez, eran Blanca Calvo, ahí en su transitoria condición de consejera de Cultura de José María Barreda, y un alcalde del que pocos recuerdan el nombre fuera de Molina de los Condes.

Habrá que volver a leer "La gaznápira" para tomar posesión de nuestra herencia personal e intransferible de ese hombre de Labros que hizo de la amistad un sentido de vida en Madrid. Cuando lo hagamos, al menos este que les escribe perfilará los infinitos rincones confusos que el paso de tantos años, desde aquel orwelliano 1984 en que se publicó, ha dejado en la memoria sobre la trama y los personajes. Recuerdas, sí, que era un libro diferente, entrañable, confortante entre la desazón que provocaba.

En realidad, te sería siempre difícil de explicar a cualquiera de sus amigos madrileños que para ti el recuerdo de Andrés Berlanga irá siempre asociado con uno de los capiteles románicos de la iglesia de Labros, su pueblo. Ese que robaron a principios de este milenio, con la misma facilidad con que a Berlanga y a su mujer nos los robaron de la foto, una tarde aún de invierno, por las tierras molinesas.

En Guadalajara tenemos costumbre para hacer inventario de ausencias.

Descanse en paz, Andrés Berlanga.


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