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La Crónica de Guadalajara
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Jueves, 19 de septiembre de 2019
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Aprendiendo de un sueco, viendo una corrida de toros en el tendido del 7

Por ahí están El Paseante, El Rosco y el sueco que pasaba por allí. (Foto: Plaza1)
Actualizado 13 junio 2019 11:33. Primera publicación 13 junio 2019 11:28.
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Con lo mal visto que está defender las corridas de toros, a este paseante no se le ocurre idea más apropiada que ir con frecuencia creciente a Las Ventas, andar las callejas cercanas, hacer inventario de rostros de toda laya, esquivar a los reventas, saludar a los paisanos y tomar asiento sobre el cemento, sin almohadilla, para fortalecer el carácter y las nalgas. A fin de cuentas, el hombre libre, como el toro bravo, se crece en el castigo.

Fiel al oficio de paseante, este que les escribe lleva lustros recorriendo sin plan preconcebido los diferentes tendidos del coso madrileño, en razón de la economía propia y de la abundancia o no de asientos disponibles. En ese periplo, tan aleatorio, ha podido constatar que en poco lugares del Reino se aprende tanto de España y de los españoles como en esta ventosa plaza de toros. Y también de los extranjeros, que no son pocos.

Un día de estos, en un ejercicio de osadía sin par, decidí seguir el festejo desde un tendido bajo del 7, cercana la localidad a la de El Rosco, a quien todos consideran el más crítico de entre los críticos. ¿Superaré la prueba de dos horas largas bajo el sol y entre convencidos, amigo como soy de expresar en voz alta mis criterios y mi duda metódica universal? 

Por de pronto, el venerado Faustino habla menos de lo previsto, aunque cuando lo hace su vozarrón sale como un torrente desde debajo del sombrero de paja, ajado pero fundamental para no caer víctima de una insolación. La tarde es torista, con ganado de Valdellán, que pasta en tierras leonesas. Me temo que llegan pasados de kilos, pero me callo el comentario preventivo. Es preferible taparse y achantar la mui antes que intentar torear en terrenos quizá inapropiados y verse obligado a rectificar de puntillas si el vecino (o varios de ellos) cargan la suerte contra ti.

A mi izquierda, un hombre con barba y pantalón corto, también pasado de kilos pero con apariencia cordial, lo mira todo y tampoco habla. De vez en cuando, sonríe; hacia fuera a veces, pero sobre todo para adentro. Aplaude el paseíllo, mientras la niña que se sienta a mi derecha se anima a contarme que la primera vez que estuvo aquí tenía seis meses; ahora rondará los diez años de aplicada educación, porque la cría no incordia nada y pregunta mucho, pero sólo a su abuelo, que es quien la adentra en los arcanos de la tauromaquia. Al final, este paseante descubrirá que el feliz padre de la niña, también presente, es de Maranchón:  guadalajareño, como tantos otros espectadores. El mundo es un pañuelo y tiene forma de ruedo, donde se cruzan los caminos de los desconocidos que dejan de serlo a poco que preguntas.

Mi vecino, el de las canillas al aire, se lo está pasando en grande incluso con los dos malos primeros toros. Brinca sin pretenderlo con los banderilleros y sus evoluciones. Le miro de reojo y comprendo que está luchando por entender qué clase de geometría puede ser esa que le permite a un humano clavarle unos rehiletes a un toro de 600 kilos que se viene a toda velocidad, con los dos pitones buscando presa. Y hacerlo sin perecer en el intento. 

Where are you from? me animo a preguntarle. Swedish, responde. Swiss?, replico. No, no, Sweden, aclara con una sonrisa tan amplia que se diría meridional y no de aquellas lejanas tierras. Mi nuevo amigo, el sueco, está feliz y no lo oculta. Para no distraerle de lo suyo ni perder de vista al bravísimo "Carasucia" que está dejando en evidencia al de luces, callamos y seguimos atentos a lo que ocurre. Llegado el momento del arrastre, aplaude al toro con tanto o más entusiasmo que los otros 13.000 espectadores.

A punto de que salga el sexto, aún no le he apreciado a mi vecino de localidad ni un respingo de asco ni tampoco que el sadismo se le escurra por la comisura de los labios. En apariencia, disfruta de lo insólito del espectáculo y, con amabilidad, agradece mis ocasionales explicaciones de cómo debe ser eso de torear: de frente y no de perfil, por abajo y cargando la suerte, con pases largos si así se puede... La traducción seguro que resulta risible, pero el hombre disimula y hace como que se entera. Por ponerle a prueba, le pregunto a bocajarro: To much bloody? Y el responde: Oh, no. It's very exciting! Sentenciosa definición, dicha sin esfuerzo.

A estas alturas, ya he comentado abiertamente más de un lance sin que nadie me abofetee. Más aún: desde el tercero han empezado a asomar tuppers llenos de cortezas, rosquillas e incluso langostinos. "Tome usted, que están ricos", ofrece alguien. Como me resisto, dos toros más tarde vuelve a la carga, ahora con el langostino pelado y el ofrecimiento en pie. No es posible negarse. Estaba bueno, es la verdad.

Va cayendo la tarde. De la chicharrera del inicio hemos pasado a la sombra y al fresco, tirando a frío, del atardecer. Los ánimos calientes no los veo hoy en el 7, sino en el 8, desde donde un señor setentón, canoso y desabrido no hace más que vociferar contra los del pañuelo verde como un poseso, encarándose y buscando pelea. A sus años. Qué gran verdad es que todo en esta vida depende desde donde se ve y de cómo se mira. 

El sueco, que hace dos horas aún preguntaba, porque no lo sabía, que cuántos toros se iban a lidiar, se levanta sin prisas y se diría que contento. No se puede pedir más por los 18,90 euros de esa localidad. Ni menos cuando de vivir se trata. Así en los toros como en la calle.

Al día siguiente, con Felipe VI en el palco real, hubo mucho menos que contar.


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