Domingo, 8 de diciembre de 2019    
Un artículo tristísimo que conviene leer
Actualizado 4 septiembre 2018
Ser uno es ser diferente al otro. Ese razonamiento tan simple se viene complicando, aproximadamente, desde hace cinco millones de años para los homínidos.

Para sobrevivir, nuestros antepasados siempre se agruparon en grupos cerrados de, como mucho, un centenar de individuos. Cerrados, pero permeables, pues de no tener la posibilidad de copular con hembras sin lazos de parentesco, a las que sólo encontraban más allá del clan, la consanguinidad les habría llevado a la extinción. No estaríamos aquí para escribirnos y leernos.

Desde hace 120.000 años, los Sapiens Sapiens deambulamos entre el imposible y el improbable cuando intentamos vivir en comunidad sin, con ello, perder nuestra esencia individual. Pero para ser yo no tengo más alternativa que verme en el otro, como bien nos aclaró Defoe con la experiencia de su amigo Crusoe. Nuestro imperativo más categórico es vernos reflejados y compartir parte de lo que somos, de lo que fuimos y de lo que pretendemos ser.

Por eso y por mucho más, el artículo que este martes ha publicado Félix de Azúa en El País es un bello ejemplo del reto con patas que somos ustedes y nosotros, a un lado y otro de LA CRÓNICA, compartiendo calles o enfrentándonos en ellas.

Lea la columna de ese barcelonés académico de Lengua. Cuando tenga tentaciones de parapetarse en la tribu, recuérdela. Así, al menos, elegirá un horizonte algo más amplio que el de los animales de bellota que están a punto de arruinarnos la vida, desde Cataluña hasta España.

Tanta evolución para no saber estar juntos aun siendo diferentes...