Miércoles, 20 de noviembre de 2019    
José Bonaparte en la plaza del Concejo
La plaza del Concejo, el 13 de septiembre de 2019, pendiente aún de terminar su reforma. (Foto: La Cró[email protected])
Actualizado 15 septiembre 2019


 Ser españoles nos muy sale caro. Eso ha sido siempre así, porque cuando no nos  ha tocado pagarlo en sangre lo hemos pagado en dinero. Y en los momentos más tumultuosos de nuestra historia, en dinero y en sangre.

Así ocurrió cuando la francesada sentó sus reales en Madrid. Sí, después del bochornoso cruce de mezquindades entre el borbón padre y el borbón hijo. Cuidado: hablamos de 1808 y no del tiempo presente; quede aclarado este punto para los despistados y los malévolos.

A Napoleón no se le ocurrió nada mejor que dar a sus nuevos súbditos peninsulares, asilvestrados como le parecían, una Constitución. En realidad, no pasaba de ser una carta otorgada en la que, mire usted por donde, por primera vez se nos reconocían derechos como la inviolabilidad del domicilio, la libertad personal, la abolición del tormento e incluso se dictaba la supresión de las aduanas interiores... esas que desde 1978 tanto se han ido acrecentando, como cualquiera puede ver.

Para pastorear ganado tan indómito, no se le ocurrió al emperador mejor remedio que mandarnos a su hermano mayor, Giuseppe, rebautizado para la ocasión como José I, por mal nombre Pepe Botella y para el común de sus convecinos, Pepe Plazuelas.

A los madrileños de entonces no les gustó el rey impuesto, pero menos aún que los quisiera modernizar. Les divertía saber de sus historias de cama, pues el corso era de los de ardiente bragueta y no paraba quieto de día y menos aún de noche, cambiando de amantes después de compensar con buenos negocios a los cornudos de los maridos. Pero ser tal fuente de chascarrillos no empecía para que pocos tolerasen de buen grado la aparición de nuevas plazas en el centro de la villa, donde antes había casonas e iglesias. Se demolieron muchos edificios y con ellos sus paredes, tan apropiadas para orinar a gusto, ese vicio que parece eterno en los viejos de antaño y en los de hogaño.

Tanto fue el empeño reformador de José Bonaparte que lo motejaron pronto como Pepe Plazuelas por más que una de ellas fuera la de Oriente, tan cercana a palacio como generosa y monumental en sus proporciones.

En Guadalajara, lo de las plazuelas nos viene raro, pues solo hay una, la de Don Pedro. La han reformado hace poco, adornándola con dos solares en su perímetro, cinco árboles y una fuente de colores sobre el suelo de dura piedra, a juego con la berroqueña ciudad que nos está quedando, tan alicatada como pocas habrá en Castilla.

La penúltima obra es la de la plaza del Concejo. A este que les escribe le consta que ya la están criticando los que se asoman. No porque hace meses se tragara una excavadora o porque el contratista se las quisiera pirar a tiempo, sino por su ejecución y por su diseño. Cuando acaben de trajinar los obreros será el momento de ver el resultado y de juzgarlo, quien quiera hacerlo.

Lo que une a José Bonaparte y a la Guadalajara del siglo XXI es que todo esto de embellecer las ciudades con obra pública suele salir por un pico. Incluso por un pico y una pala.

El tal Pepe Plazuelas terminó saliendo a escape de su efímero reino llevándose como pago por sus desvelos todas las joyas de la corona. Un dineral que le sirvió para vivir a cuerpo de rey en Estados Unidos, cuando ya no era monarca pero sí un bon vivant como ha habido pocos.

Y a los alcarreños esto tampoco nos sale gratis ni barato, por más que se pague solo una quinta parte de su importe, pues el resto confiamos en sacárselo a la generosidad de una Unión Europea que está que lo tira. Hasta que ya no quede.

Lo pagamos con dinero y, sobre todo, con ocasiones perdidas si de una vez por todas no resucitamos un casco antiguo que está viejo y triste. Y si lo invertimos mal, lo derrochamos en una ciudad más destartalada de lo que quisiéramos y entre 85.000 vecinos que tienen más difícil cada vez eso, siempre tan conveniente, de reconocer y reconocerse en las calles por donde caminan, orgullosos incluso de pagar con sus impuestos la capital de sus padres y la de sus hijos.

A ver qué hacen los nuevos. Cuando lo hagan, cuando decidan si hacen o deshacen.

A nosotros, como siempre, sólo nos quedará el triste consuelo de pagarlo, mirarlo y criticarlo si es que no podemos alabarlo.