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14 enero 2026
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AUGUSTO GONZÁLEZ PRADILLO / Grafitis en la nieve

Al lado del trampolín donde los saltadores aspiran a volar desde el cielo hasta la tierra, encuentras en una pared de Innsbruck la metáfora de este tiempo. O de todos los tiempos: mensajes escritos en la nieve helada.

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Con «Blade Runner» aprendimos lo que eran las lágrimas en la lluvia. Antes, un cuento borgiano nos enseñó que el destino de los libros es ser arena. 

Los periodistas estamos acostumbrados a escribir sobre el agua. 

En los Alpes tiroleses hay una ciudad que ha hecho de la nieve un canto inesperado a la escritura efímera.

Pasear por las alturas de Innsbruck, sin llegar nunca a codearte con las cimas imponentes de sus montañas nevadas, relaja y sorprende.

Aquí, el sol brilla dorado, como si los rayos te buscaran allá donde estás desde el reflejo del famoso tejadillo, el de las fotos turísticas inevitables.

La capital del Tirol es un magnífico ejemplo de supervivencia, con sus raíces medievales envueltas en barroco a poco que lo busques.

Te cruzas alardes rococós y miras curioso los briefings en los edificios de oficinas, tan orgullosos de su trabajo que carecen de cortinas que guarden su intimidad laboral.  

Muchos universitarios revolotean aquí y allá como lo que son: pájaros de buen agüero, felices comedores de pizzas y otras alternativas rápidas, profetas de un tiempo nuevo que no ha de ser necesariamente peor.

Incluso para el visitante ocasional, la relación de Innsbruck con la nieve va más allá que la que suponen los esquíes y las tablas que descienden humanos por las laderas del Nordkette

La nieve se te mete en el alma cuando abres la ventana en cada amanecer.

Los gallegos, que saben mucho de luminosas oscuridades, tienen una expresión para definir ese mágico momento del anochecer en que la luz se despide suavemente hasta el día siguiente: «entre lusco e fusco», dicen los que saben la lengua de Rosalía (la más grande, no la presente).

En Innsbruck, lo indescriptible es el alborear con la ciudad en sombras y las cumbres nevadas luminosamente radiantes.

Innsbruck al amanecer. (Foto: María Alonso / La Crónic@)

Tú, que eres un clásico, retienes las lágrimas porque te han enseñando que los hombres bien educados no lloran. Si no, lo harías desde tu palco en el alféizar, pasmado ante el espectáculo.

Llevan muchos siglos en Innsbruck aprendiendo que la eternidad es un intento baldío pero un camino necesario. Lo supieron con Roma y con lo que vino después, delirios imperiales incluidos.

Atrapar el tiempo es un sueño vano que hizo suyo aquel archiduque enfebrecido en el afán de poseer el mundo entero coleccionando sus rarezas. Con todo y con eso, es de justicia recordar a ese Fernando II con la ternura que merecen los creadores de utopías.

Más a mano y de un modo inesperado, casi al lado del trampolín donde los saltadores aspiran a volar desde el cielo hasta la tierra, encuentras en una pared la metáfora de este tiempo. O de todos los tiempos: mensajes escritos en la nieve helada.

Grafiti en la nieve. Innsbruck. 14 de enero de 2026. (Foto: La Crónic@)

Inútiles mensajes para quien desde el español no los entiende.

Fugaces mensajes según se derriten al ritmo del cambio climático.

Una pared que abre horizontes en vez de cerrar caminos.

Es en Innsbruck donde se obra el milagro de abrazar el tiempo, esquivo, escrito en un muro. 

Justo después, sigues andando.

Grafiti en la nieve. Innsbruck. 14 de enero de 2026. (Foto: La Crónic@)

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