Retamas en flor en las tierras de Aragón, donde compiten con los almendros (también florecidos) y los estafermos gigantes que son los molinos de viento para producir excesos de electricidad, amenazados ahora desde la distancia por quijotes que luchan en vano contra ellos.
El AVE se desliza por las vías sin los traqueteos que algunos esperarían. No es el fin del mundo ni este es el desastre universal que tantos jalean, por las ondas o en Internet.
La cafetería se llena. Buena señal esta de que al personal no se le quite el apetito cuando viaja en Alta Velocidad Española.
En el vagón número 2 abundan los pasajeros foráneos, que de vez en cuando fotografían el paisaje se este Aragón tan duro como aventado de amarillo por la incipiente primavera.
En el letrero luminoso no se da información de la velocidad con la que nos movemos. Quedan muy lejos, a décadas de distancia, los tiempos en que superar los 300 kilómetros por hora era motivo de orgullo nacional. Da igual: vamos marchando.
El tren sigue llegando a Zaragoza en el tiempo en que siempre acostumbraba, una hora más diez minutos después de haberte subido en el andén de Guadalajara-Yebes con escasa compañía.
Lo normal, a veces, es una grata noticia.
Por eso, merece que el periodista lo aprecie y se lo deje, por escrito, a sus lectores.

