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La Crónica de Guadalajara
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Martes, 18 de septiembre de 2018

Aún valemos para algo

Actualizado 21 junio 2018 20:51  
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Los antiguos periodistas, los de los años de la Transición, eran tan dados a la vanidad como al alcohol. De hecho, de aquellos aún quedan algunos que parecen conservados en güisqui tanto por su aspecto como por sus maneras de decir y de hacer. Dicho sea todo esto para empezar y para negar el infundado axioma de que "perro no muerde a perro". Los periodistas hemos sido siempre mucho menos gregarios que los médicos, que los jueces e incluso que los políticos. Que ya es decir.

Gracias y a cuenta del cainismo de nuestra profesión, los que en tiempos más felices nos creímos ombligos del mundo y guardianes de la Democracia hemos pasado a ser las fregonas de los vomitorios y los portadores de las calumnias. Ni lo uno ni lo otro debiera haber ocurrido, en beneficio de todos.

Basta con leer hasta el final el magnífico trabajo periodístico sobre el antiperiodismo que ha publicado El Independiente para llorar y levantarnos de la silla. O para levantarnos de la silla y no llorar demasiado, que ya lo hemos hecho bastante los de este oficio.

Miguel Riaño firma en el diario de Victoria Prego y Casimiro García-Abadillo un magnífico trabajo que, aun estando ceñido a Cataluña y a la intoxicación permanente que genera, bien podría ser de aplicación diaria en todas las redacciones: o verificamos y verificamos y verificamos y verificamos y ponemos en su justo lugar la información o no haremos más que contribuir a este sindiós vertiginoso y suicida en el que chapoteamos. Si hasta el "ABC" da por reproche casi universal la opinión personal contra Macron de una redactora de un medio galo con menos audiencia que este, en el que le afeaba la reprimenda a un estudiante, es que el virus no conoce fronteras ni límites...

Tenemos que dejar el gimoteo, el lamento, el pañuelo empapado de lágrimas, las abluciones matinales en llanto y desolación para volver a lo que fuimos y nos hemos dejado robar: verificadores de la realidad, alumbradores de lo escondido, portadores de noticias para quien quiera conocerlas y para que nadie alegue, llegado el momento, insensata ignorancia.

Eso esta en nuestra mano y en nuestra obligación. A pesar de todo lo que nos rodea. E incluso a pesar de nosotros mismos.

Si entre tanta mentira no somos capaces de reaccionar quizá es que estemos muertos y que lo que creemos son nuestras palabras es el eco de lo que un día dijimos. 

¿Tan mal estamos? Va a ser que no.

Usted lector, vuelva mañana. Y dentro de tres horas. Y dentro de un rato: verá que en LA CRÓNICA creemos en nuestros lectores y en este oficio. Vuelva siempre que pueda, para comprobarlo y disfrutarlo.

Le estamos esperando. A todas horas. En cualquier momento. A su servicio.


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