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La Crónica de Guadalajara
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Domingo, 22 de octubre de 2017

Cataluña, desde el Paseo de la Independencia

Actualizado 24 septiembre 2017 12:08  
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El "Heraldo" de hace décadas tenía el aire británico que le confería su formato sábana, tan difícil de abordar para los acostumbrados al tabloide. Hace medio siglo era una rareza por sus formas como ahora lo es por su mera y lustrosa supervivencia, cabecera y cabeza de un grupo de comunicación que manda en Madrid desde Zaragoza.

El viernes amaneció de tormenta en la capital de Aragón. Llovió con ganas, hasta limpiar las calles sin barrenderos y ayudar a recuperar algo ese Ebro menguado que, pese a las carencias de tierra adentro, aún desemboca como siempre en lo que algunos quieren que sea otro país, otra nación, otro Estado: el paraíso recobrado y reservado solo para los justos en forma de República Catalana.

Zaragoza está cuajado de cuatribarradas que no son senyeras y, mucho menos, esteladas. El amarillo y el rojo primigenio de la Corona de Aragón no sabe ni quiere saber aquí de más insurrección que la que hubo cuando el francés les tocó a los de la tierra el alma española, que aquí está bien fresca y palpable a pesar de lo que diga algún argentino sobre ruedas al que han tenido realquilado en alguna institución local.

Sentado en el Paseo de la Independencia (que lo es por España, no por ninguna de sus partes individualmente consideradas), este paseante abre ante un café y un vaso de agua el "Heraldo" de hoy, más manejable que el de antaño. En sus páginas encuentra una columna firmada por Genoveva Crespo bajo el título de "Los otros catalanes".

La articulista, que se reconoce estudiante de Periodismo en Barcelona como alguno de los más preclaros columnistas de LA CRÓNICA DE GUADALAJARA, acude a Chaves Nogales para inferir que "Lo que pasa en Cataluña lo reflejan mejor los que no se manifiestan y están detrás de una "discreta cortina" que quienes marcan el ‘tempo’ de las calles" o que "el separatismo es una rara sustancia que se utiliza en Madrid como reactivo del patriotismo, y en Cataluña como aglutinante de las clases conservadoras".

Y como pensamiento propio, Genoveva Crespo apunta lo que muchos sienten y practican: "Las mayorías silenciosas cruzamos los dedos para que pase cuanto antes este episodio sin violencia en las calles" (...) No me resigno a que no sea posible trabajar por el día siguiente, combatir el discurso independentista y recuperar el de la convivencia" (...) Con los otros catalanes, con los que están detrás de la cortina, tenemos una deuda todos los demás".

A unos cientos de metros de esta mesa y de esta amplia avenida, Zaragoza se arreguña en las calles de El Tubo. Allí está el sucesor de aquel "Plata" en el que por las postrimerías del Franquismo los progres con barba se reunían (nos reuníamos) a fumar Ducados, beber cubatas alrededor de las mesas de formica y a reír a mandíbula batiente en ese cabaret cutre y campechano, liberador y revolucionario que ambientaba una orquestina de músicos añosos, primos hermanos de los de "El Molino", territorio imperial en El Paralelo de "La Maña" y sus procacidades silvestres, tan rotundamente españolas.

De Zaragoza a Barcelona hay una línea invisible trazada en los mapas de la memoria que la obstinación de ahora no podrá borrar, sea cual sea el desenlace de lo que estamos viviendo y sus consecuencias. 

El oficio de paseante no termina donde algunos levantan fronteras. Tanto, que me he sentido otro catalán más, uno más de esos "otros catalanes", siquiera por un momento. Y no he podido evitar un escalofrio involuntario en esta mañana de viernes, sin cierzo y con bochorno. Sentado y leyendo en el Paseo de la Independencia. Hermoso nombre, tan maltratado.


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