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La Crónica de Guadalajara
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Viernes, 16 de noviembre de 2018

Cuento contemporáneo

Actualizado 26 octubre 2018 23:39  
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Lo mira y le asquea, ya sin asomo de dulzura ni de melancolía, el hilillo de saliva que le cae de la comisura de los labios hasta la barbilla, inclinada la cabeza, dormido como cada tarde después de comer, murmurando sueños como un perro viejo mientras suena de fondo la televisión.

Esta vez, en cambio, antes del letargo, ha leído algo. Es un libro añoso, de una vieja editorial de Argentina, de cuando lo que se deseaba había que pedirlo de tapadillo en la rebotica del librero.

Intrigada, lo ha tomado suavemente para sí y ha empezado a dejar que los ojos le recordaran su propio pasado.

Esas páginas las leyeron juntos, cuando eran un hombre y una mujer, aspirantes a novios, soñadores de futuro.

A sus ojos de hoy, cuánto machismo escondido entre esos versos cursis...
 
Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego te socava...

No puede evitar un cabeceo incómodo, una desprobación íntima. ¿Tan tonta era para que aquello no le abofeteara ya entonces la conciencia?
 
He ido marcando con cruces de fuego
el atlas blanco de tu cuerpo.
Mi boca era una araña que cruzaba escondiéndose.
En ti, detrás de ti, temerosa, sedienta.

Aparente el poetita, sí, pero hijo (si no padre) del heteropatriarcado.
 
Yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela.

¿Con qué permiso? Qué lástima. Cómo eran, cómo erámos. 
 
Quiero hacer contigo
lo que la primavera hace con los cerezos.

Qué guarro, el colega. Lo piensa y suspira, mientras prosigue su lectura, ya más censora que curiosa: 
 
Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo
en que nos desnudamos y nos desesperamos.

Llegados a ese punto, se va hacia la cocina, no sin antes echar una mirada a su marido, cuarenta años de largo, católico y progresista matrimonio, bendecidos por el párroco de Santiago y por el canon de un marxismo cada vez más desleído.

En su sillón, el marido sueña que aún es feliz, arrullado por esos versos que acababa de leer antes de cerrar los ojos:
 
Soy el desesperado, la palabra sin ecos,
el que lo perdió todo y el que todo lo tuvo.
(...)
En mi tierra desierta eres la última rosa.

Y luego, los dos callan. Sin escucharse, siguiendo la costumbre.

Entre tanto silencio, Neruda se remueve incómodo en su tumba. Isla Negra. Vidas negras, de puro gris acumulado.
 

Nota al margen: Todos los versos han sido tomados de "Veinte poemas de amor y una canción desesperada", de la edición patrocinada por Hercesa coincidiendo con el centenario de su autor.


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