Texto y fotos: Augusto González Pradillo
A la capital de la Campania le han hecho una imagen de locura bulliciosa que oculta, sobre todo para el turista que no tiene tiempo de ser viajero, mucho de lo bueno que Nápoles ofrece para cualquier bípedo curioso.
Sólo hay que andar, dejarse sorprender, si acaso preguntar, asomarse hasta donde se pueda mirar, hablar, parlare…
¿Demasiado pedir? É troppo chiedere?
De ese reto ha nacido este reportaje, meditado aunque tan aparentemente anárquico como la propia Napoli, porque de eso se trata: dejar el Nápoles del tópico para disfrutar un Napoli distinto, porque es más auténtico.
Maradona, San Genaro y tú
Diego Armando, el mejor jugador del mundo, resucitó a Nápoles desde el mismo momento en que aterrizó, llegado de Barcelona. Aquello fue un milagro del que hoy se guarda recuerdo auténtico –más allá del marketing de las baratijas– en las paredes y en los corazones. No es impostado y así te lo reconocen.
Sin ofender a Maradona, San Genaro también es Nápoles, compartiendo honores y murales callejeros.
La sangre, mejor licuada
Que el santo que cuida de Nápoles hace su trabajo lo comprobamos no sólo en la estable inestabilidad diaria de sus calles sino en las tres veces al año en que su sangre se licúa, para pasmo de los escépticos y alivio de todos los demás.
En busca de su capilla hay que entrar al Duomo. Esa mañana, de tormenta tropical, diluvia fuera y llueve también dentro, a los pies del templo, gracias a unas goteras que aportan unos inesperados efectos especiales.
La catedral napolitana es tan grande que daría refugio a miles de viandantes, que prefieren agazaparse fuera, bajo los paraguas.









Acogidos a sagrado, los souvenirs del santo esperan a los turistas que no están.
Al fondo, nos tutela San Genaro desde su efigie mientras repasamos los lujos y los frescos.
Así es hasta que una voz nos hace salir hacia la nave central: al lado, en un confesonario, el sacerdote habla con una feligresa que no está aquí sino al otro lado del telefonino; lo hace en voz alta, sin secreto de confesión que valga y durante un buen rato. El periodista, discreto, intenta no escuchar, pero la escena le mantiene atrapado como a un inesperado voyeur.


Cuando la poderosa fuerza del cotilleo se relaja, ya puedes seguir mirando hacia las alturas o al altar mayor. Impresiona.
Fuera, San Genaro está encaramado en lo alto de una columna que se diría protegida de diversas amenazas envuelto en un colosal preservativo, al tiempo que al lado se anuncia una película de doña Melania, la legítima de Trump, señor del mundo.


Con cientos de iglesias es imposible fallar… pero hay que entrar
Se calcula que en Nápoles hay unas quinientas iglesias. Si la cifra sorprende, más lo hace el interior de muchos de estos templos. Y recalquemos lo del interior porque no siempre el exterior está a la altura del derroche que encierran sus muros, como se puede comprobar más abajo en el epígrafe «Pobres rodeados de riqueza», una historia aún más particular.
Para abundar en nuestra teoría no hay más que caminar por Vía Toledo, esquivar peatones y, si se está atento, entrar a la iglesia de San Nicolás. Muy probablemente nos encontremos solos pese a estar en uno de los puntos de mayor concentración humana de todo Nápoles.
San Nicola alla Carità merece un buen rato no sólo por el sosiego que regala sino por la armonía de su barroco interior. En el altar mayor, detrás de los velones nos atrapa la escenografía cinemascope de la muerte de San Nicolás, gran obra de Paolo de Matteis, un seguidor de Luca Giordano.
Rebuscando en las iglesias de esta inabarcable ciudad encontramos hasta huellas del gótico, como ocurre con San Lorenzo Maggiore, donde cerca del altar mayor se muestran bajo el suelo acristalado… unos mosaicos romanos. El vértigo de 2.500 haciendo y deshaciendo estos contornos con intensidad.
Pero si al periodista le preguntasen con qué iglesia quedarse optaría por Santa Lucia a Mare, que no se encuentra en las alturas del barrio de ese nombre sino cerca del Lungomare, encajonada entre dos grandes edificios y que es ejemplo de un afán de supervivencia que nos haría falta a cualquiera de nosotros para lo cotidiano: es más que milenaria y ni el tiempo ni el empeño humano han podido con ella. Hasta fue bombardeada en el II Guerra Mundial. Pero nunca se rindió y siempre se ha mantenido como lugar de peregrinación. También para nosotros, que nada pedimos.








Las calles de Nápoles son todo un mundo

en la creencia de que eso les dará más suerte de la que merecen.





Como ya va viendo el lector, Nápoles es una ciudad de continuas paradojas.
En vez de trazar teorías, veamos algunos ejemplos de contrapuntos gloriosos antes de los consejos finales y de un mensaje claro: todo esto es mejor verlo en propia carne mortal y disfrutarlo:
La oscuridad es luminosa en la Plaza del Plebiscito
Lo que admira de la Plaza del Plebiscito no son sus 25.000 metros cuadrados, sino su perímetro.
Es raro encontrar esta misma monumentalidad en cualquier otra ciudad europea y concentrada de este modo.
Tiene gracia, por decirlo de algún modo, que fuese durante la ocupación napoleónica cuando este amplísimo espacio adoptó su forma definitiva, que es la que vemos, después de un siglo XVIII de continuas reformas a cuenta del Palacio Real, que la cierra por uno de sus lados.
¿Cierra? En realidad, es una plaza tan abierta que terminas cruzándola cada día, camino de casa o de «Gambrinus», de alguna cita o del teatro. O para encontrarte y que te encuentren en la Galería Humberto I, que rivaliza en suntuosidad y fama con las de Milán o Bruselas.




Lo que tapa, muestra
La capilla de San Severo es, a día de hoy, más lugar de peregrinación que –¡Dios y San Genaro nos perdonen– la basílica de Santa Lucia a Mare o el mismísimo Duomo.
La culpa, y la razón, la tienen las esculturas que allí se conservan y que público de todas las naciones venera.
Se lleva los mayores honores el Cristo Velado, de Sanmartino. Es tanto el virtuosismo dedicado a desvelar lo apenas velado que, sin ánimo de llevar la contraria, a este que les escribe no le conmovió su contemplación. Antes al contrario, le incomodó ese sofisticado artificio hasta el extremo de no poder compartir la conmoción de los circundantes.
En la misma capilla, le atrajo más la «Modestia» de Corradini en lo que tiene de contradictoria promoción del cuerpo femenino bajo el manto, bien ligero, de otro velo que lo desvela todo, orlado de rosas. Sin dejarnos enredar tampoco en las filigranas del «Desengaño» de Queirolo.
Efecto, efectismo, defecto y afecto son palabras próximas con muy distinto significado que casan mal, pero que vienen a la mente antes de volver a la calle.





Pobres rodeados de riqueza
Una iglesia en lo más profundo del centro histórico de Nápoles se esconde detrás de una fachada anodina y triste. Una arcada con rejas cierra un pórtico sustentado por columnas de piedra volcánica, donde en tiempos se agrupaban los pobres para recibir la caridad.
De la pobreza a la máxima riqueza hay sólo un paso: basta con cruzar el umbral del templo y exponerse al golpe de belleza que supone San Gregorio Armeno.
Está en la calle de su mismo nombre pero se diría que es un anticipo de la gloria celestial. Se mire por donde se mire. Hágalo el lector en estas imágenes y no dude en acercarse para verlo con sus propios ojos, porque es imposible que en sólo dos dimensiones se dé ideal cabal de lo que es el volumen de esta iglesia, dedicada al santo de Armenia y sus reliquias:







Mucho mar, pocos pescadores
Es difícil encontrar pescaderías en las callejas de Nápoles, tan saturadas de puestos de recuerdos y artesanías varias. Pero el mar está allí, muy cerca.
Pasear el Lungomare, desde el Castel dell’Ovo a Chiaia es arriesgarse a no saber con qué luz quedarte. Porque, precisamente, el cielo se emborracha con el agua del mar y da pie a una paleta de colores que facilita el trabajo del fotógrafo.
Gracias sean dadas a este aire que crea cuadros sin esfuerzo y sin cesar.








Y así es como termina esta historia: con un punto y aparte, nunca un punto y final.
Es la única opción posible para una ciudad que parece un big bang permanente y que se escapa de sus cronistas, condenados a trazar simples trazos, a la espera de que cada cual vea y juzgue con sus propios ojos y se abra a sentir lo que el alma le regale.
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• Una apostilla necesaria: Napoli, a new city •
En la actualidad y desde 2023, los responsables turísticos han emprendido un proyecto, sostenido en el tiempo, para que el atractivo de Nápoles no se agote en los tópicos. El lector de LA CRÓNICA que haya llegado hasta aquí ha podido comprobar que ese propósito no es solo posible, sino también enriquecedor.

Quien mejor lo sabe es la responsable Teresa Armato, Assessora al Turismo del Comune di Napoli. Suya es la palabra:
Informaciones prácticas:
• Dónde comer, qué comer:
• ¿Pizza? Más de una. Nápoles es sinónimo de pizza y, dentro de las pizzas, de la celebérrima Margherita. Junto con la más famosa hay otras especialidades que conviene probar. Una forma inteligente de hacerlo es encontrar quien prepare una domenica napolitana, la antigua pizza de las abuelas, venerables mammas que aprovechaban los restos de la semana para dar varios sabores diferenciados a la comida del domingo.
De lo anterior saben mucho y bueno en Errico Porzio, una pizzeria del Lungomare (Via Partenope 11/12) que, de propina, te permite una buena vista al mar.
• ¿Comida tradicional? No fallarás si te acercas a La Taverna del Buongustaio (Via Basilio Puoti, 8). Giusi, la dueña, es el alma de este pequeño negocio, en pleno centro histórico de Nápoles. El local es eso, pequeño, pero se convierte en una experiencia excepcional tanto por la amabilidad y afabilidad de la propietaria como por lo que sale de la cocina: comida napolitana auténtica y verdadera. ¿Quién dijo que en Italia sólo se come pizza? Un consejo: dejarse llevar y disfrutarlo. Dan comidas y cenas. Cierra los lunes.
• ¿Un paso más allá de lo tradicional? En Al 53 unen lo acertado de su ubicación (en uno de los extremos de Via Toledo, en la Piazza Dante 53) con unos precios más que asumibles y una carta que guarda un equilibrio entre lo tradicional y la presentación, adaptada a los tiempos actuales.
• ¿Buscando nuevos caminos? Tanto si es fin de semana como si eliges otro día, hay un restaurante en Chiaia que te permite cenar «de altura» como anticipo de una noche o madrugada en uno de los barrios más de moda de la ciudad para ir de copas. Hablamos de Joca. Sorprende la original decoración, agrada la cuidada elaboración de los platos y no está de más señalar que pueden atenderte en español. El restaurante Joca se encuentra en Vico Sospiri 10.
Dónde dormir:
Se escribió en LA CRÓNICA y no hay por qué repetirlo ni mucho menos desdecirse: el Hotel Royal Continental es una alternativa intencionadamente vintage a buen precio, con excelente ubicación. Siga el anterior enlace y lo agradecerá.





