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Martes, 24 de octubre de 2017

De transparencia, desintermediación y... de “BlockChain”

Actualizado 29 septiembre 2017 14:56  
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Aunque hay toneladas de tinta escrita y terabytes de información sobre el “BlockChain” o cadena de bloques, voy a intentar explicar, más allá de la popularidad del Bitcoin y otras criptomonedas, en qué consiste este nuevo paradigma innovador y, sobre todo, sus posibles implicaciones futuras.

Advierto, con carácter previo, que para frikis y tecnólogos todo esto parecerá una obviedad, pero mi reto es acercar el concepto y despertar la inquietud al común de los mortales.

Si finalizan ustedes estas líneas teniendo una opinión de barra de bar sobre si esta tecnología nos podría cambiar la vida, si supondrá o no el paso del “internet de la información” al “internet del valor”, si acaban reflexionando sobre si “BlockChain”, o algo parecido o más evolucionado, transformará la mayoría de las transacciones que ahora realizamos o si, por el contrario, están casi convencidos de que se trata de una moda pasajera para engordar bolsillos de consultores y gurús, habré logrado mi objetivo.

Simplificadamente, un “BlockChain” es un libro de contabilidad electrónico, público, confiable, compartido, que todo el mundo puede examinar (basta con una conexión a internet y un programa informático), y cuyas transacciones entre dos o más participantes son controladas y verificadas por consenso por los ordenadores de un colectivo de usuarios denominados “mineros”, que son premiados por su aportación en el procesamiento.

Las transacciones válidas quedan registradas sin necesidad de que lo dictamine un órgano central y todos los nodos del sistema cuentan con una copia sincronizada de este libro mayor.

La “verdad”, por tanto, está consensuada, descentralizada y compartida por los ordenadores del sistema y accesible por todos los intervinientes y por cualquier tercera parte interesada.

Además, es inalterable; una vez confirmada una transacción, no se puede cambiar ni borrar; la única manera de reflejar un cambio es añadir una nueva transacción, como en los antiguos diarios contables, en los que la tinta no se podía tachar o rectificar y los errores se corregían con apuntes adicionales de ajuste…    

Detrás de todo esto hay algoritmos, criptografía avanzada basada en curvas elípticas, técnicas de “hash” y de anonimización, tecnología P2P y una lista interminable de sofisticadas lindezas, pero lo cierto del invento es que este consenso distribuido e inalterable permite reemplazar a los terceros de confianza tradicionales por la verdad matemática, inmutable y perpetua.

La transparencia en base a la cuál en “BlockChain” cualquiera puede prestar atención al movimiento de dinero o cualquier otro activo de una dirección a otra (cada dirección es pública o anónima, por decisión de su dueño), abre la puerta a nuevas problemáticas; sin embargo, aporta la ventaja de que robar una galleta de un puesto de un mercado, siendo observado por miles de personas, es más embarazoso que sisarla de un tarro de galletas, guardado en un sitio aislado.

Tecnologías aparte, una de las consecuencias de la digitalización de la sociedad es la reconsideración de los modelos de negocio y sus cadenas de valor. La intermediación sólo es admitida con agrado si aporta valor o su coste es recuperable; además, el precio de la misma debe ser ajustado y justificado.

Las nuevas generaciones tienden a considerar desmedidos los precios de los servicios proporcionados por los llamados “terceros de confianza”; para agravar más la situación, y aunque haya sido en casos puntuales (pero algunos de ellos muy notorios), ciertos intermediarios transaccionales tradicionales no  han resultado ser suficientemente transparentes ni confiables, poniendo en cuestionamiento el buen nombre de sus nichos de actividad.

Es pronto para saber si los bancos deben comenzar a temblar ante la eventualidad de que “BlockChain” se termine utilizando de manera generalizada para la intermediación financiera, las transferencias, los cobros y pagos y las operaciones con todo tipo de activos; o si permitirá crear una notaría, un registro de la propiedad o un catastro mundiales, 100% electrónicos, con transacciones seguras, irrepudiables y accesibles a perpetuidad, proporcionando servicio 24x7; o si un “BlockChain” permitirá gestionar y controlar sin personas ni empresas la veracidad e inalterabilidad de los procesos electorales; o dar transparencia al mercado mundial de jugadores de futbol, con sus opciones, claúsulas y transacciones; o garantizar la trazabilidad de medicamentos y alimentos desde su origen hasta el momento y punto de consumo; o acceder a las notas auténticas y actualizadas de todos los alumnos del mundo... El potencial de uso de “BlockChain” supera nuestra imaginación.

En mi opinión, la coctelera tecnológica que hoy mezcla la eclosión digital con la creciente exigencia global de transparencia y confianza se llama “BlockChain”. Y aunque todavía es pronto para vaticinar su impacto, estoy convencido de que  aportará cambios disruptivos espectaculares. También creo que su despliegue generalizado no será inmediato porque, como suele pasar, la tecnología vuelve a ir por delante de la legislación y los organismos. En algunos casos de uso, además, deberá hacer frente a un severo “lobby” por parte de aquellos que tienen algo que perder.   

Aún recuerdo cuando a principios de los noventa, en pleno apogeo de la popularización de internet, se lanzaron innumerables profecías sobre cómo iba a cambiar el mundo.

Nadie acertó.    
 
 


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