Artículo corto para un hecho cotidiano que ha dejado de serlo: oír el canto de los pájaros.
Con tanta borrasca consecutiva y la capa freática a punto de asomar también por estos andurriales, la familias de mirlos que anida cerca de la ventana había desaparecido de mi memoria.
Hoy, cuando aún era madrugada y faltaban un par de horas para el amanecer, ha comenzado a cantar.
Si la biología no falla, supongamos que ha sido el macho el que entonado un fraseo rápido pero que ha sonado a gloria. Las hembras de esa especie son más de callar, sin que eso quiera decir nada ni con ello se busque analogías estúpidas y machirulas.
Es, simplemente, así. La lluvia. Los mirlos. La vida.
Y como todo en la vida, lo bueno dura poco.
Unos minutos más tarde se ha acabado el concierto. Ha vuelto a chispear y lo único que se oía era el repiqueteo de las gotas en el cristal.
Pero el mirlo está ahí.
Tengamos confianza en que algún día escampará. Eso sí que admite analogías.

