Falta poco más de tres meses para que México y Sudáfrica en el Estadio Azteca muevan el balón tras el pitazo inicial del primer Mundial que ya no tendrá 32 equipos, sino que tendrá 48 países participando y habrá en total 104 partidos. El Mundial lo albergarán conjuntamente México, Estados Unidos y Canadá; se prevé que romperá récords de todo tipo, pero el cambio abrupto de formato también traerá consecuencias logísticas, económicas y deportivas que pondrán a prueba si un mundial de tal magnitud será un éxito o un paso atrás.
Sea como fuere, la emoción, por supuesto, está garantizada en el último Mundial de Messi y Cristiano Ronaldo, y es también una Copa que Lamine Yamal, Mbappé o Vinícius Jr tienen una buena chance de levantar en Nueva York. Cualquiera puede chequear los mejores pronósticos del mundial de fútbol 2026, que promete romper récord de audiencia y ser un evento de repercusiones nunca antes vistas.
Diferencias de todo tipo, pero todos los países van a por la gloria.
Los críticos del nuevo formato tienen un punto válido; la adición de 16 países a la fase de grupos parece haber privado a la primera fase de la competitividad que antes tenía. En las apuestas de quiénes sortearán la fase de grupos surgen selecciones favoritas; no podía ser de otro modo en una primera ronda donde habrá partidos del tipo Alemania vs. Curazao, España vs. Cabo Verde, Brasil vs. Haití o Argentina vs. Jordania.
Estos partidos entre países que ocupan puntos opuestos del ranking FIFA le ponen un condimento especial al Mundial 2026. Pero al indagar más en las diferencias entre las selecciones contendientes y aquellas para las que ya haber llegado a fase de grupos es un logro, salta a la vista que las diferencias económicas entre ellas abren una brecha que trasciende a lo que pasa en cancha.
La diferencia estructural entre algunos de los participantes es notable. Esto es trazable de muchos años atrás, y es consecuencia directa de cómo países, por ejemplo europeos, han sentado las bases para haber creado ligas domésticas de alto valor y competitividad, incentivando el talento local, mientras que ligas de regiones tercermundistas pasan apuros para siquiera completar un ciclo competitivo.
En el mundo moderno, también los patrocinadores acentúan aún más las diferencias: las grandes marcas que visten a las selecciones están dispuestas a pagar cien veces más por aparecer en las camisetas de las selecciones top, mientras que las debutantes deben hacer malabares para obtener el mejor trato.
Por esas cuestiones es más que natural que haya diferencias en el poder presupuestario con que cada federación deportiva cuenta. Una selección como España cuenta con centros de alto rendimiento, cuerpos técnicos de élite, infraestructura médica y tecnología avanzada. Esto es contrastante con una selección como la haitiana, que hizo la épica de clasificarse al mundial sin siquiera jugar en las eliminatorias como locales en su país por motivos políticos.
Por eso es comprensible que cada selección tenga sus propios objetivos de cara al siguiente supermundial, y que no sea necesariamente ganarlo todo. Aun así, la pasión de los aficionados por esta fiesta futbolera genera que incluso las selecciones más humildes llenen una parte del estadio con su gente. Aun con el costo del viaje, el hotel y las entradas, la FIFA espera aficionados de todos los rincones del mundo. La historia de este torneo está a su vez repleta de batacazos y de favoritos que decepcionaron, por lo que lo único que puede darse por sentado son las emociones.

