Este website utiliza cookies propias y de terceros. Alguna de estas cookies sirven para realizar analíticas de visitas, otras para gestionar la publicidad y otras son necesarias para el correcto funcionamiento del sitio. Si continúa navegando o pulsa en aceptar, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies?
La Crónica de Guadalajara
La Crónica de Guadalajara
Página inicioFavoritos
La Crónica de Guadalajara
La Crónica de Guadalajara
La Crónica de Guadalajara
Jueves, 19 de octubre de 2017

En la muerte de Elena de la Cruz

Elena de la Cruz.
Actualizado 4 abril 2017 17:45  
Compartir: Comparte esta noticia en Facebook Comparte esta noticia en Twitter Enviar a Meneamé  |   Imprimir  |   ¿Algún error?   |   Enviar  |     

La traidora enfermedad que se ha llevado a Elena de la Cruz nos ha dejado a quienes la conocimos asomados al vértigo de lo inconcebible.

Nada hay más previsible que la muerte pero pocas muertes han sido tan imprevistas como esta y, por lo tanto, tan rematadamente absurdas y dolorosas.

Para condolerse en esta hora no es necesario ser su familiar, haber sido su amigo o su compañero de militancia: basta con ser persona y tener ojos en el alma.

A cualquiera nos preocupa la muerte, quizá más de lo que aparentamos incluso frente a nosotros mismos. Nos inquieta el final y, sobre todo, el deterioro que conduce hasta ese momento. A Elena le ha llegado el fin de sus días sin haberse dado jamás una tregua en sus compromisos, personales y políticos.

Esa mujer joven y sonriente que se ha asomado en las últimas horas a todos los medios de comunicación de España, para sorpresa de quienes nunca habían oído hablar de ella, nos conmueve ahora en su ausencia a quienes sí la conocimos.

El mayor consuelo, si alguno puede haber en estas circunstancias, es asumir que Elena de la Cruz le ha hecho un regate a ese cuerpo que no quiso seguir siendo soporte de su existir. Elena de la Cruz está en la vida que vivió y vive en su recuerdo, durante todo el tiempo que queramos y sepamos recordarla.

En estos tiempos de tan poca esperanza no deja de ser un tesoro inesperado asomarnos al absurdo y encontrarnos, entre el ruido sordo de la muerte, con lo que de ejemplo tuvo esta mujer.

Son muchos los que se aferran a su sonrisa y a su simpatía, antesala de una humanidad que para casi todos fue radiante. También deberíamos resaltar que suya fue la decisión de vivir la política como un servicio a los demás, como también lo hizo en lo académico mientras dirigió la Escuela de Arte de Guadalajara. No se acomodó en lo propio y trabajó por las cosas del común: hizo política, en el sentido más noble de la expresión. O sea, que sí es posible pisar el albañal y no mancharse.

Se tiene por cierto que a uno lo nacen y que no necesitamos a nadie para morir. Quizá eso sea mecánicamente cierto, pero inexacto. Elena de la Cruz demostró que nunca estuvo sola, ni siquiera en sus últimos momentos, cuando ya empezaba a dejarnos más solos a los que no somos como ella.

La vida, su vida, continúa en nuestras propias vidas.

 


¿Te ha gustado este artículo? Coméntaselo a tus amigos y conocidos:
La Crónica te aconseja...
Otros artículos de En pocas palabras

Controlado por:   /  Quienes Somos  /  Autores  /  Publicidad  /  Contactar  /  Privacidad  /  Cookies  /    RSS  /  Agrupación de Medios Digitales