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La Crónica de Guadalajara
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Sábado, 25 de noviembre de 2017

España lancinante

Horas de espera de los periodistas en Ferraz, ante la sede madrileña del PSOE, el 1 de octubre de 2016.
Actualizado 11 octubre 2016 13:00  
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Estas líneas nacen con una mentira, aunque justificable. En Internet, o llamas la atención o pasas desapercibido, sin términos medios. Por eso, escribir un editorial sobre la situación política española (o sobre su realidad social, o sobre sus perspectivas económicas...) no puede hacerse a partir de un titular neutro o que, al menos, carezca de ese toque enigmático que tanto anima a los lectores a clicar con el ratón o con la puntita del dedo sobre la pantalla.

España, contrariamente a lo que induce a pensar el titular de esta columna, no puede definirse como lancinante. ¿Que qué significa eso? Luego se lo desvelamos.

En España, como bien ha definido esa provecta joven de 45 años recién cumplidos que se llama Carolina Bescansa, haber nacido en 1971 o antes lleva aparejada la sospecha de ser mal ciudadano, por serlo de derechas. La compostelana lo explicó bien claro: si sólo votaran los menores de 45 años, que es su edad, Podemos ya estaría en La Moncloa desde hace un rato. Que es lo mismo que recordar lo obvio: si sólo votaran los mayores de 45, al PP no habría forma de desalojarlo del poder jamás.

Hasta ahora, los españoles habíamos discrepado por nuestra ideología, que es la panoplia de tópicos e intuiciones propias con las que alimentamos nuestro comportamiento y cimentamos nuestras expectativas. Del 15-M para acá se ha certificado que España se divide en dos, como casi siempre, pero esta vez en razón de la fecha que figure en nuestra partida de nacimiento. Excepciones aparte, of course.

Lo de la transversalidad como forma de aglutinar más apoyos electorales que el contrario ha quedado arrumbado en el trastero de las estrategias inútiles. Y en estas llegó el PSOE y se lanzó por el precipicio.

Partido partido, sí.

Doblemente partido en dos este rePartido poco Socialista, en nada Obrero y apenas ocasionalmente Español. Roto de un modo aún más patético que el país al que creyó tener por sostén y argumento: roto entre los que se consideran izquierda auténtica pero todavía no se han marchado a las filas de Podemos y roto para los que añoran un sistema de partidos, ya muerto, que les daba en alternancia con el PP el poder y sus prebendas. A todos los que aún se aferran a los tablones de ese naufragio les influye la fecha de nacimiento, sí, pero más aún la ubicación geográfica de la agrupación socialista donde tienen ficha. De Somosierra para arriba, qué duro va a ser levantar el puño sin dejar caer la rosa, cada vez con más espinas.

Cuando Pedro Sánchez vuelva a presentarse como candidato, que lo hará, tendremos la prueba de que nuestra sociedad no ha llegado aún a superar el umbral de espanto político que es capaz de soportar. Hasta ahora, "El Guapo" había sido un fantasma por su chulería; en unos meses lo será por su evanescencia, tan éterea como molesta. Junto a él estarán de nuevo buena parte de los que aún le apoyaban la noche del 1 de octubre de 2016 en Ferraz. Y no lo harán tanto por fidelidad al líder como por fidelidad a sí mismos, puesto que la mayoría de los que se plantaron en el Comité Federal como parte de las huestes sanchistas y susanistas se adscribieron a ese tal ejército para guerrear mejor en sus feudos contra el otro bando interno, no por el modelo de país que estaba en juego. En el caso de Guadalajara eso es palmario.

Ya que los intereses particulares son insoslayables entre los políticos españoles, ojalá al menos se cumpliera para nuestros diputados y senadores, en cuanto representantes nuestros que son con nuestros votos, la Constitución.

En su artículo 67.2, la Carta Magna española aún vigente asegura que "los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo". O sea, que pueden y deben anteponer su conciencia y el interés último de sus electores a lo que en las cuatro últimas décadas se ha dado en llamar "disciplina de partido". Mira por dónde, parece que el Grupo Socialista, tan férreo antaño, lo va a empezar a aplicar ahora en la próxima sesión de investidura, aunque a su peculiar manera. 

Si los parlamentarios españoles resultaran elegidos por su capacidad (antes que por su sumisión), por su inteligencia (y no por su obediencia), por su sentido del deber y del servicio (frente al uso sistemático de la estrategia partidista) e incluso por sus lecturas pasadas y presentes... otro gallo nos cantaría. Pocos de los que ocupan las cámaras estarían en ellas, por lo demás. Esa sí que sería la verdadera revolución y no la bolivariana.

Pero no teman: este editorial ya se acaba y lo hace por donde empezó. Asumamos que considerar a España una realidad lancinante es una exageración, porque lo es.

Al día siguiente del desastre socialista, el domingo amaneció con sol entre las nubes. La temperatura animaba al paseo y elevaba el ánimo. ¿Que esto aún no ha terminado? Lógico, cuando en la campa de Waterloo todavía siguen apareciendo de vez en cuando cadáveres de soldados, 201 años después de la batalla.

¿Lancinante? No. Hay cosas mucho más dolorosas en cada casa. No hay más que querer y saber mirar.

El día que los que dicen representarnos se acuerden de respetarnos se darán cuenta de que lo suyo no es lo más importante y que tampoco estamos obligados a condolernos con sus torpezas. Sólo con que nos respetaran verían la realidad en formato panorámico. Por ahora, sólo la atisban con anteojeras, como los penosos jumentos incapaces de acarrear carga alguna a ninguna parte que demuestran ser.

Usted y nosotros –aquí, en LA CRÓNICA DE GUADALAJARA, o allí donde nos lea–  sigamos trabajando. Es la mejor forma que tenemos de hacer España. El dolor que nos causa aún es soportable. Será por la costumbre.
 
 
lancinante

Del ant. part. act. de lancinar.

1. adj. Dicho de un dolor: Muy agudo.


(Del Diccionario de la Real Academia Española)


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