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La Crónica de Guadalajara
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Domingo, 21 de abril de 2019
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La trascendencia del botellín

El ritual del botellín, en una escena tan real como merecedora de protección.
Actualizado 31 agosto 2017 20:01. Primera publicación 31 agosto 2017 19:59.
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El botellín  es consustancial al verano en los pueblos. Más allá de cualquier otra bebida, todo bar que se precie, si es que quedan en nuestro medio rural, tiene que tener suministro suficiente de este popular envase que es motivo de atención de amigos, vecinos y contertulios en estas semanas de calor y disfrute veraniego.

Un simple botellín, que tan socorrido es para atender cualquier situación en nuestros bares, es capaz de urdir todo un cónclave en torno a su ajustado contenido con los amigos del pueblo que, después de meses repartidos por la geografía patria, vuelven a su lugar de nacimiento, o el de sus padres, o de sus abuelos, y siempre resulta que acaban riendo, recordando, discutiendo si procede, y debatiendo y sí, también y mucho sobre la despoblación, el envejecimiento y el futuro de cada pueblo.

Por eso resulta un lujo tener botellines en el pueblo, un lujo asequible y fácil de adquirir pero un lujo al fin y al cabo, porque lo realmente importante al final de todo es que exista ese lugar común, el bar del pueblo, para disfrutar junto a los amigos de la infancia, a la familia dispersa durante el año por la emigración, a los ligues del último verano que vuelven a recuperar sus carantoñas un año después.

Sí, en mi pueblo, como en otros, aunque cada vez menos, tenemos suerte de poder compartir botellín en rondas interminables antes de la comida o al caer de la tarde, entre guiñotes, brisca, julepe y tute. Una suerte inmensa de que aún tengamos bar, un sitio de todo el pueblo al que acudir sabiendo que allí, justo en la plaza del frontón, encontraremos a los amigos de siempre, y que tenemos esa referencia para disfrutar estos días tan cortos antes de partir de nuevo a Zaragoza, Barcelona, Madrid, Valencia o Bilbao.

Y sí, en mi pueblo, como otros pueblos de la provincia, por ahora seguiremos teniendo la suerte  de contar con bar abierto después del mes de agosto, durante el resto del año. Podremos seguir tomando, aunque ya solo sea los fines de semana y entre semana, solo si surge, el botellín, porque si se acaba el botellín se acabará el pueblo.

Es tal la trascendencia de este rito, que algunos pueblos ante el desalentador panorama que supone quedarse sin bar deciden establecer un turno de atención de la barra entre los propios vecinos; al menos así, aunque solo sea los días señalados del año, no faltará el socorrido botellín.

Quizá algún día alguien acabe dándose cuenta de la importancia que tiene para nuestros pueblos mantener ese pequeño bar y esa pequeña tienda minúscula abierta todo el año, como con otros pequeños negocios, y que eso solo se podrá hacer con un cambio radical en las políticas fiscales.

También confío en que alguien, algún día, en algún lugar de Madrid o Toledo, se dé cuenta que los sucesivos programas Leader, Proder.... no han sido eficaces contra la despoblación en sus muchos años de vida y sus cuantiosas inversiones, y que ha llegado la hora de cambiar de criterio, de filosofía, de mentalidad, y mirar a quien tiene el bar abierto en el pueblo para servir los socorridos botellines, favoreciéndole de manera personal y directa  con una política fiscal discriminatoria en positivo para que no acabe cerrando, y con él el mismo pueblo.


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