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Domingo, 22 de abril de 2018

La vida es un reflejo de un reflejo

Actualizado 6 abril 2018 09:49  
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La vida es un reflejo de un reflejo de un reflejo, lo cual es mucho más exacto que decir que rosa es una rosa es una rosa es una rosa. Podemos afirmarlo sin dudar por más que ninguno de nosotros sea Gertrude Stein, un americana fea e inteligente que se lo pasó tan bien en el París previo a las trincheras de la Guerra del 14 que ya nunca dejó las orillas del Sena. Hay que disfrutar de la vida, en nuestro momento, aun siendo españoles del siglo XXI, una grave condena. Siempre podremos encontrar a algún juez que nos deje en libertad, como a Puigdemont, ese tonto y maldito.

Reconocerá el lector, a poco esfuerzo de memoria que haga, que su bendita madre se pasó años en permanente admonición para que no pisara los charcos, al menos en su presencia. Luego, es posible que se esforzara también en aconsejarle que no pisara callos, algo que cada vez más periodistas respetan y cumplen, como usted y yo sabemos. Y en efecto, los charcos no están para pisarlos, sino para contemplarlos.

Este paseante, este viernes, en esta ciudad ha encontrado un charco digno de la Alicia de Lewis Carroll. Asomarte a él es contemplar el mundo como debiera ser: igual, pero al revés.

Ese espejo sin azogue y con forma de lámina de agua estaba frente a una Comisaría de Policía de la que salía un negro grandón, libre también como el catalán y sin esposas, llevado de la mano por su hija pequeña y con el DNI, aún caliente, en el bolsillo. No sonreía pero se le veía feliz. Como tú mismo deberías serlo por el simple hecho de vivir.

Los charcos no están para pisarlos, pero sí para meterse en ellos. En todos ellos. También en este. Enredarte en las ramas de los árboles, culebrear en el brillo de ese pálido sol del amanecer y salir mojado pero redimido.

Ha hecho falta que lloviera para verlo.

Ha sido necesario que escampara.

Hubo que dejar a un alcalde mandar construir una avenida.

Tuvimos que sufrir una obras y vigilar, pacientes, el trabajo de un obrero.

La impericia de aquel hombre y el paso de decenas de miles de hombres como él por este lugar exacto han abombado la acera, tan ligeramente, que permite que el agua se remanse en este charco, cuando llueve y escampa.

Todo, todos, bajo la capa del cielo. El cielo más real en su reflejo.

Una mañana de viernes, inicio de un fin de semana eterno, con pronóstico de lluvia en forma de tormentas, anuncio de charcos donde asomarnos y mirarnos. Quizá, también, reconocernos.

Reflejos de reflejos.


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