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Sábado, 21 de octubre de 2017

Llanto por el gorgojo

Actualizado 25 agosto 2016 09:29  
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Hasta ahora, a los que no son agricultores se les podía exigir que tuvieran un poco de sensibilidad ante la dura lucha del hombre del campo contra los enemigos de las cosechas. Por ahí andaban, entre la tropa de invasores, los gorgojos. Ahora, lloramos por ellos incluso desde las cátedras universitarias.

Cuatro años han estado en el pueblo toledano de Huescas colocando trampas a los pies de 25 encinas, el árbol que dicen es el preferido de los gorgojos para ubicar sus huevos.

El gorgojo, además de un poquito cabrón, es bastante travieso y declaradamente perezoso. Casi como si fuera un dirigente político español a la hora de pactar, mal comparados. El gorgojo, como aquellos, se toma su tiempo: cuando la larva cae, ésta se entierra en el suelo entre uno y tres años, hasta que asoma la cabecita y el resto de su cuerpo lozano y depredador a finales del verano.

Entre 2008 y 2012, los investigadores recogieron un total de 586 coleópteros durante los meses de septiembre y octubre, que es cuando se hacen esas cosas. Cuatro años después, ya tenemos los resultados.

La ciencia, esa nueva religión de nuestros tiempos, nos alumbra y nos revela que la escasez de lluvias a finales de verano perjudica al gorgojo macho y reduce su diversidad genética. Esto es así porque los machos adultos de esta especie no pueden emerger del suelo en el que se crían "si está muy seco por la falta de lluvias". O sea, por la idiosincrasia íntima de los terrones mesetarios, a falta de azadón que los reviente.

No sé por quién hay que llorar más a estas alturas: si por el gorgojo o por nosotros, que hemos pagado el estudio.

 


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