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La Crónica de Guadalajara
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Martes, 14 de agosto de 2018

Los falsos expertos... y el Maestro Ciruela

Actualizado 3 mayo 2018 11:16  
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Los falsos expertos son una especie en proliferación, fruto de la facilidad de acceso a la información en la era digital, aderezada con la carencia de pudor y la falta de respeto hacia el que ha aprendido y digerido con tiempo y esfuerzo cualquier materia y la domina.

En realidad, han existido siempre, “como el Maestro Ciruela, que no sabía leer y puso una escuela”, del que ya nos prevenía Doña Rosario (mi madre y maestra) en la escuela de Cifuentes allá por 2º de EGB.

Pero la variedad clásica del falso experto era más inocente y menos tóxica; el más típico era “el cuñao” experto en informática o en apaños mecánicos, cuya intervención era garantía casi segura de finalizar en la tienda de ordenadores o en el taller del coche con una avería mayor…

Por mis tres ecosistemas cotidianos (el de la tecnología, el de la gestión y el de la política), pululan los falsos expertos. 

Hoy no pasa nada por vivir de la tecnología y pontificar con tu opinión de “gurú” sin haber programado u operado una red o un sistema jamás; creerte el rey del “management” y la motivación, cuando no has supervisado en tu vida más de tres personas ni rendido cuentas de un plan estratégico, a veces ni siquiera de un presupuesto; o saltar catapultado al escaño o al alto cargo sin haber superado habilidades propias de primero de concejal, y pensar que te aclaman las masas porque tú lo vales.

Obviamente, hay casos de gente tremendamente talentosa cuya inteligencia, creatividad, intuición y otras  capacidades naturales les permiten eludir con ventaja los periodos de tiempo habitualmente requeridos para obtener la sabiduría apropiada; además, su brillantez suele gozar del reconocimiento unánime del común de los mortales. Por el contrario, los falsos expertos son mediocres “listillos”, especialistas en crecer y trepar a base de atajos tramposos, sin más mérito que el de los empujones, la adulación al jefe y la autoatribución de ideas y méritos ajenos; en su intento, son perfectamente descubiertos y catalogados por su entorno porque les evidencian sus conductas.

En la mayoría de estos casos, un mínimo de arqueología curricular, escuchar sobre ellos a compañeros de su actividad o trabajo anterior, o un análisis básico de su perfil en los Social Media, te descubre que estos personajes jamás dirigieron un proyecto relevante de principio a fin, ni fueron la mitad de la mitad de lo que dicen ser; vamos, que nos vendieron la moto, o nos la dejamos vender, tal vez en una charla de sobremesa de restaurante pijo, impresionados por un discurso de youtuber de colegio.

Aunque les encanta la arenga de la aportación de valor, mientras los falsos expertos tratan de vender con altavoz su contribución real al negocio, una vez pasado el tiempo de gracia, el resto de la organización murmura que la empresa funciona y sobrevive pese a ellos, que no son más que un innecesario y molesto estorbo.

Lejos del reconocimiento de su autoridad moral (por sus profundos conocimientos, su capacidad, su cualificación académica o sus credenciales profesionales), el falso experto pretende el lucimiento fácil con tópicos y anglicismos de modernidad e innovación (glosados en mi artículo sobre los “cantamañanas” de la transformación digital).

A veces cuela, sobre todo al principio, fruto del complejo de inferioridad, la humildad y la prudencia de los que gestionan y lideran de verdad y que precisamente por ello están inmersos en primera línea de fuego: en la trinchera no hay tiempo para la Wikipedia, ni tampoco suele haberlo para buscar en Google, en blogs o en medios especializados la inspiración conceptual de los expertos con mayúsculas.

Por desgracia, los obsoletos, los resistentes al cambio, los ancestrales del “status quo”, los que tienen más antigüedad que conocimiento, sin pretenderlo dan fuelle y alas al discurso del falso experto, generan la ilusión óptica de su oportunidad (o incluso necesidad) y  fundan el pretexto ideal para no admitir un doble error: no identificar y potenciar correctamente el talento ya existente en la organización, y no ser capaces de atraer y reclutar fuera a los mejores en aportar aquello que nos falta.

Más allá de su egocentrismo y arrogancia, a los falsos expertos les delata su profunda inseguridad y les aterroriza que su miseria sea desvelada: son una estafa, un barniz de mala calidad, una máscara barata, una fachada hueca y, en el fondo, lo saben.
 


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