La vista no engaña. O quizá sí. O puede que lo que sea engañoso es el esfuerzo municipal por vestir una mona sin sedas que tapen sus vergüenzas.
Después del proceloso proceso burocrático que alcanza a cualquier decisión técnica o política –en este como en cualquier otro ayuntamiento español que se precie– en Guadalajara ya se está instalando la nueva señalética turística. O sea, los letreros, para entendernos. Intentemos que los escasos turistas que se animan a descubrir la ciudad no se pierdan demasiado, más allá de caminar entre la sorpresa y el desencanto.
Este poste triplemente informativo que aquí ve el lector, colocado a escasos metros de la Plaza Mayor, parece haber sido elegido para realzar la vista de uno de los más imponentes, y persistentes, solares de la capital.
Si no le gusta, tenemos más. Un centenar, hoy como ayer y como hace décadas.
Porque tanto empeño en no cumplir adecuadamente ninguno de los planes prometidos, e incluso pagados, para darle más lustre al casco (más viejo que) histórico choca de frente con el esfuerzo de los trabajadores municipales que se ocupan del Turismo, técnicos que existen y hacen lo que pueden. Sin milagros, claro.
Quizá lo mejor de tanto posponer la puesta a punto de Guadalajara para propios y extraños es que la tarea, por incumplida, ya se ha convertido en una herencia que los de una generación dejan a la siguiente, de abuelos a nietos.
Y a partir de estos a los que vengan… que ya han venido. Mayoritariamente, de fuera.
Esta capital perdió su esencia provincia hace tiempo. Ahora no tiene ninguna.
Con señales nuevas. Con tareas viejas.


