
Texto y fotos:
Augusto González Pradillo
Viajar en el tiempo. Eso es lo que te vamos a proponer en el siguiente reportaje. Y no sólo para adentrarnos en lo que queda de siglos remotos sino también para ayudarte a disfrutar de eso, precisamente: de tu tiempo. Lo haremos tanto por el modo de transporte como con el destino elegido: Nîmes, una ciudad que se diría hecha a tu medida.
¿Por qué en AVE?
Las buenas historias pueden explicarse desde su final. Por ejemplo, mientras andamos tranquilamente, a la hora del desayuno, hacia la estación de Nîmes. Es el colofón a un viaje que empezó días antes cogiendo un tren en Guadalajara-Yebes, lugar más exótico que muchos otros.
En estos tiempos acelerados, elegir la alta velocidad de RENFE es, precisamente, una de las opciones más tranquilizadoras para el viajero: el tren sale a su hora y llega su destino previsto sin sobresaltos. Entre medias, puedes leer o trabajar en tu asiento, sin nadie que te incomode. O simplemente mirar el paisaje. O relajarte.
Llegar desde el centro de España al centro de Nîmes te permite recuperar para ti siete horas de tu vida, que son las que tarda el Alstom en cubrir el recorrido.
A partir de ahí, comienza nuestra historia… muy centrada siempre:
Las Arenas de Nimes, centro total
«La hegemonía se mueve en la tensión entre el núcleo irradiador y la seducción de los sectores aliados laterales. Afirmación – apertura», como dijo para chanza universal aquel filósofo llamado Íñigo Errejón. Pero el centro existe y, en Nîmes, son las Arenas. O las Arènes, más propiamente.
Tras apenas diez minutos de paso tranquilo desde la estación, el paseante viajero se planta ante las milenarias piedras de este coliseo romano, el que mejor ha llegado a nuestro tiempo.
Oficina de Turismo
Pero lo primero bien puede ser dejarse aconsejar en la Oficina de Turismo.
A escasos metros del anfiteatro, la Oficina de Turismo está para ayudar. Lo hacen con la cortesía que es norma de la casa y de la ciudad entera. Los consejos son muchos y los servicios, variados.
Por ejemplo:
- ¿Por qué resistirse a la tentación del trenecito turístico, con o sin niños? (9 euros si no hay descuentos).
- El City Pass para dos días cuesta 35 euros y los vale.
- Mejor estar cuatro jornadas (39 euros).
- Y si el lector es de los apresurados, que sepa que por menos de 15 euros tiene a su alcance tres de los monumentos esenciales (Arènes+Maison Carrée+Tour Magne) con una sola entrada.
- Muy recomendable participar, en todo caso en las visitas guiadas que se organizan (8 euros por adulto).
Para los hispanohablantes no hay problemas, como por toda la ciudad.


113×101 metros que encierran 2.053 años de historia
Ya informados, crucemos la calle y volvamos al anfiteatro.
A los que les gustan los números habrá que desengañarles: lo más impactante del anfiteatro de Nimes no son las cifras (aun siendo todas impresionantes) sino el poder evocador que tiene pasear entre estas piedras milenarias, tan llenas de Historia. Y de historias.





Reseñemos, no obstante, que el anfiteatro de Nîmes fue construido entre los años 70 y 90 de nuestra era. Y sí: se utilizaba para luchas de gladiadores. Eran los tiempos en que las ciudades del Imperio, incluida Nemausus, tenían la vista puesta en la omnipotente Roma… y la copiaban en lo que podían.
Andando el tiempo terminó siendo fortaleza medieval e incluso algo parecido a un bloque de viviendas avant la lettre, al amparo de su pétrea estructura. Con casas en su interior y casi un millar de vecinos estuvo hasta el siglo XVIII, según aparece en grabados de la época.
Eliminadas las casas okupas del monumento, desde 1863 es usado como coso taurino y para todo tipo de espectáculos.
Lo de las corridas no estaba anticipado por los dos toros que coronan el edificio, como algunos quieren ver y que se mantienen allí, orgullosos de la ambición de sus constructores, a prueba del paso de los siglos.
En 2009 comenzaron unos trabajos de restauración que terminarán más allá de 2040 pero que, a decir verdad, no interfieren para nada en el deambular de los visitantes.
El lugar es gratificante, lleno de evocaciones e incluso de paneles que te ilustran didácticamente.
Y en caso de duda, Sophie, de Turismo de Nîmes, te las despeja todas:
¡Cuidado con los cocodrilos!
Esta ciudad está llena de cocodrilos. Y no te esperan en el agua, sino por todas partes.
La historia viene de lejos, allá por la Antigua Roma. Fue entonces cuando en la ciudad de acuñó un as (preceptivamente, de bronce) del que quedan bastantes ejemplos y que terminó por servir como signo distintivo de la ciudad.
Hace veinte siglos, mejor era estar bien dotado de sestercios o de denarios, pero a Nîmes no le pudo venir mejor que la ocurrencia de estampar, en el reverso de esas monedas creadas para conmemorar la victoria de Augusto en Actium (el 31 a.C), una palmera –en alusión a la palma del vencedor– y un cocodrilo del Nilo, en referencia a Egipto y, por lo tanto, refinada burla contra la Cleopatra derrotada junto a Marco Antonio en aquel choque naval que marcaría la historia de Occidente para los restos.
Desde entonces, los cocodrilos han criado más que bien en Nîmes.
El que dio carta de naturaleza en 1535 al peculiar logotipo, rabiosamente moderno, fue el rey Francisco I. Es el mismo, sí, que diez años antes había estado prisionero, con derroche de lujo, en el Palacio del Infantado de Guadalajara tras la batalla de Pavía. Pero esas son… otras historias.
Lo cierto y verdad es que en Nîmes de tropiezas, incluso literalmente, con cocodrilos. Están tachonando el pavimento en forma de medallones (salvo los que algunos vándalos se llevan de souvenir), pero también colgando disecados en el Ayuntamiento, en las rejas de La Fontaine o en cualquier comercio.
Cuidado, pues, con los cocodrilos de Nîmes… ¡que te enamorarán!










Las calles de Nîmes, su mejor monumento
Las casas de Nîmes encierran secretos y sorpresas, al igual que sus calles.
En alguna pared, como en la calle Bernis, aún se puede ver el rótulo de su antiguo nombre: Rue de la Petite Fusterie. Hay otra con el mismo nombre en la cercana Avignon. Es palabra antigua, muy antigua. ¿Dónde habrán ido a parar aquellos carpinteros que, con los siglos, han perdido incluso la palabra que designaba a su oficio?
Albert de Pierre de Bernis nació unos metros más allá, como recuerda una placa. Es el que se lio a guantazos con Jaurés en la Asamblea Nacional, entre otros méritos mayores. Nada nuevo bajo el sol, y las sombras, de la política.
Más interés tiene el busto en bronce de Bernard Lazare, en su casa natal: fue el primero en salir en defensa de Dreyfuss, el del famoso affaire. Quien pasó a la historia fue Zola, pero quien dio el primer y decisivo paso fue este nimois. A cada cual, lo suyo.
Ya ven que andar Nîmes es paladear el concepto del flâneur. Pasear sin rumbo es aquí cómodo, seguro, placentero… El Écusson, como se conoce al centro urbano (también en Montpellier, rencillas aparte), tiene forma, en efecto, de escudo.
Sin miedo a tropezar por las calles, rigurosamente limpias, el viandante hará bien en mirar hacia lo alto, no sólo de frente.
Esa será la forma de no perderse detalles en las alturas, como la airosa fachada con reloj ocupado desde hace décadas por el Lycée Alphonse Daudet. Nacido cono hospital en el siglo XVII, de esa época le quedan los volúmenes, aunque la estética es puramente decimonónica. En el siglo XXI, cuaquier tarde lo que se impone es el bullir de los estudiantes por el bulevar destinado a Víctor Hugo.
A Nîmes le queda, sin conciencia de pecado, un dulce aroma burgués. Los barrios nuevos no se ven y ni siquiera se intuyen. Se mantiene viva la relación entre el comercio, la riqueza y el gusto por crear. Ahí está, por ejemplo el chino que no es chino en lo alto de una fachada. Lo plantó allí el empresario relojero que ocupaba los bajos del inmueble y, pese a los grandes bigotes y la oriental indumentaria, representa desde hace mucho a un turco, para ser visto por quien busca la hora en el gran reloj.

La «modernidad», ese concepto tan etéreo, convive bien por aquí con todo lo que le precedió. Lo mismo la cristalera de un centro comercial refleja una casa del XIX que un museo de estética vanguardista se hace sitio tras una esquina.
Teniendo tiempo, lo mejor es buscar en la Oficina de Turismo quien te lleve por el interior de algunas de esta señoriales casas burguesas, capaces de sobrevivir a las particiones de las herencias aunque sea a costa de trazar escaleras interiores inverosímiles para llegar a cada estancia separada. Esbozar una sonrisa a uno de los propietarios te franquea esa y muchas otras explicaciones.
No son pocos los patios que mantienen en el aire reuerdos de gente que vivió en ellos momentos que no son los nuestros. Para nosotros quedan, en todo caso, las muchas plazas y sus terrazas. Podemos descansar en los veladores de la Place des Herbes, en la Place du Marché, en la de L’Horloge o, si la estética manda, en el Café de la Bourse. O a las puertas de los infinitos bares y bistrós. Todo cerca y a mano, para no enloquecer buscando.

















Una catedral que sólo podría estar en Nîmes
Todos los terceros sábados de cada mes, a las 12 del mediodía y durante media hora, hay concierto de órgano en la catedral de Nîmes. Es gratis y un buen momento para asomarse al interior del templo, sin prisas y con los oídos y el alma bien atentos.
Ha llovido mucho desde que el templo fue consagrado por Urbano II, allá por 1096. De entonces conserva un friso románico ante el cual el curioso se planta como si estuviese frente a una gran pantalla de Cinemascope. Mejor no cuestionar las restauraciones ni distraerse, porque el simple hecho de seguir las escenas bíblicas nos hace perdonar algunos excesos bienintencionados.
Dicen que los de la Edad Media fueron los siglos oscuros. ¿Qué decir entonces de las sucesivas guerras de religión que asolaron esta y otras regiones de Francia? Con la paz (o con el poder central consolidado para el vencedor) la catedral se reconstruyó rondando ya el siglo XVIII, con la consiguiente acumulación de estilos.
En Nîmes, la catedral se adapta como un guante al espíritu de la ciudad: no intenta apabullar sino acoger. Y una vez cerca o dentro de ella, no puedes más que admirar lo que estás viendo, como se recoge en estas imágenes:













Pálpate el pantalón vaquero antes de seguir
Es probable que lo hayas oído alguna vez y no te engañaban: el origen de la tela vaquera, el denim, está en Nîmes. Cierto que luego llegaría Levi Strauss pero es que al menos un siglo antes, allá por el XVII, los nimois ya habían conseguido la materia prima de tus vaqueros.
Los orígenes más remotos de esta sarga tan universal pueden llegar incluso a 1557, según nos aseguran. A partir de ahí, las ya citadas guerras de religión y la marcha forzada de los hugonotes a Inglaterra ayudarían (terrible paradoja) a la difusión de las tela en las Islas Británicas y más allá.
Lo constatable es que en 2014 se puso en marcha esta empresa y la propia tienda, replicando los procedimientos originales. «Ateliers de Nîmes» es la única en el mundo, garantizan, que uso hilos sin encolar y sin materiales químicos.
Ahora, además, puedes comprobar que no estaba todo inventado.
En este establecimiento que te recomendamos encontrarás pantalones de todas las hechuras y acabados… aunque a precios bastante más elevados que los que se fabrican industrialmente en Extremo Oriente.
Los hay con el azul añil por dentro y por fuera, otros con seda en su composición… en fin, muchas tentaciones para hombre y mujer en el número 2 de la Rue Auguste Pelet. Se esfuerzan en satisfacerte.




¿Estaban locos estos romanos?
Y acabamos el recorrido por donde lo empezamos, que es dando un salto en el tiempo de muchos siglos, hasta el Imperio Romano.
La pregunta planteada hay que responderla cuanto antes: contrariamente a lo que sostenía Óbelix, los romanos no estaban locos ni nada que se le pareciera. Lo cual no deja de ser un consuelo si tenemos en cuenta que nosotros mismos somos romanos. Algo desleídos, sí, pero romanos.
De Roma quedan las Arenas, ya vistas, pero también la Maison Carrée, el templo de Diana, la puerta de Augusto, la Torre Magna. Más el Pont du Gard, a media hora en coche.
Maison Carrée
Con la Maison Carrée hemos tenido la suerte de que llegaran a usarla hasta de establo, además de como iglesia y otros fines públicos. Siendo útil, no la demolieron.
Desde el XIX para acá, cuando ya se empleaba como sede del Museo de Bellas Artes de la ciudad, las restauraciones han sido lo bastante sensatas como para sentir una profunda admiración por los romanos y también por estos franceses, sus usufructuarios.
Lo que vemos es el resultado de los trabajos terminados en 2011. Está en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.







La piedra de Lens ha resistido el paso del tiempo. El templo en su conjunto, además, se impone a Norman Foster, autor del vecino Carré d’Art, un centro cultural de espectacular tamaño y amplia dotación de servicios.




Museo de la Romanidad
Al lado de las Arènes, la casi voluptuosa estampa de este museo no debería espantar a nadie, ni por su modernidad ni por el neologismo ese de la romanité, que ni siquiera alcanza a definir lo mucho de interés que alberga en su interior. Intramuros se aprende de Roma y los romanos, si, pero también de los pobladores anteriores y de los que llegaron después.
En sus tres plantas hay mucha historia y mucho entretenimiento, porque lo de instruir deleitando aquí lo aplican con ingenio y sentido de la medida.
Se inicia la visita por la planta baja hasta la entreplanta, comenzando por la época prerromana: ahí te esperan esos bustos que algunos despistados confunden con astronautas; la casa de Gailhan reconstruida a escala real… pero enseguida nos rodeamos de Roma y su mundo.
De aquí saldrás con ideas muy claras sobre el urbanismo de hace veinte siglos (incluidas estancias como la del Cubiculum de Brignon) y enamorado del mosaico de Penteo, del de Belerofonte y del resto de ejemplos, que puedes ver a pie de tesela o desde las alturas. Al menos a este que les escribe le recordaron a los mejores mosaicos de El Bardo, cuando el museo tunecino aún era lo que fue.
Entre estatuas vas caminando, pero también por caminos jalonados de estelas funerarias. Los recursos más modernos te ayudan a entender, sobre la propia piedra, la epigrafía que de otro modo te pasaría desapercibida. Sobresaliente invento.
El curso de la visita te lleva, finalmente, al entresuelo y a la planta baja, para meterte de lleno en la época medieval.
Dejaremos un reto para el lector: localice el sepulcro que tiene en uno de sus lados el símbolo del crismón y luego piense si todo esta en orden. Las dos últimas fotos de la siguiente galería le dan las pistas y usted deberá aportar la agudeza que, como seguidor de LA CRÓNICA, se le presupone.








… y mucho más, por todas partes
Nîmes está cuajado de monumentos romanos, lo cual propicia una sano ejercicio deambulatorio por calles y más calles. Sin ánimo de ser exhaustivo, porque se exige mucho fondo físico para patearse a fondo la bimilenaria Nemausus teniendo en cuenta lo lejísimos del foro que trazaron el perímetro de sus murallas.
Pero si andamos, veremos y aprenderemos cómo distribuían el agua llegada desde el Gard en lo que aún llaman castellum; lo mucho que cuidaban a sus dioses a la vista del derroche del Templo de Diana, que hay que buscar en un rincón de esa maravilla que es el parque de La Fontaine.
Deambulando mucho más allá te toparás (de cerca o de lejos) con la soberbia soberbia de la Torre Magna o con la vía abierta al comercio (y sus impuestos) que era la Puerta de Augusto… Mucho que ver, sin prisas ni agobios.





Dónde comer, qué comer
Vámonos de bares…
Hemos insistido en lo mucho y muy bien que disfrutan los nimois de su ciudad. Te dejan hacerlo a ti también, hospitalarios como son. Y una de las formas más esplendorosas son sus bares, por dentro o por fuera, en el interior o en las terrazas.
Las tertulias son animadas y al personal se le ve feliz y desenvuelto.
Un motivo más para intentar no desentonar…





Comer con los ojos…
Lo de Les Halles es un asombro continuo allá por donde vayas en Francia. Ocurre en la cercana Avignon y también por toda Occitania, donde han conseguido conciliar el gusto de los paisanos por los buenos productos con una muy cuidada presentación de los mismos y en un ambiente siempre agradable.
El de Nîmes es un mercado de abastos de nivel.
En la siguiente galería puedes comprobarlo. Y si aun así quieres adentrarte en los secretos de la brandada en un local específico… también te confirmamos que puedes encontrarlo.







… y comer de mesa y mantel
Para un español, el único inconveniente de comer en Nîmes (como en toda Europa) es adaptarse al madrugador horario que se gastan por aquí: a las 12.30 ya no vas a ser el primero.
Un aviso general: reserva siempre, porque suelen estar llenos, tanto si quieres ir de menú como si planeas una velada romántica sin mirar los precios.
Clásico entre los clásicos, el Wine Bar no defrauda. Comida propia de la región. El veterano propietario no descuida su negocio, se acercará hasta tu mesa para asegurarse de que quedas satisfecho.
La Marmite y Derrière L’Eglise son muy populares para comer las sugerencias del día o cenar de una forma más desenfadada.
Y si quieres algo realmente original, plantéate buscar mesa en La Table du 2, en lo más alto del Museo de la Romanidad. Una forma sugerente de sobrevolar la ciudad y su historia mientras disfrutas de la gastronomía local.
Dormir en Nîmes
¿Cuántas estrellas necesitas para dormir como los ángeles?
Si lo tuyo es buscar establecimientos 5*, el Margaret Chouleur derrocha encanto en el mismísimo centro de la ciudad. Además, tienes la opción de asomarte a la hora de la comida y disfrutar de su Brasserie Gigi, con platos refinados.
¿Pasamos a los 4 estrellas? Marquis de la Baume, en el 21 de la Rue Nationale, tiene precios ajustados en temporada baja, una media de unos 120 en el conjunto del año… y tarifas bastante más desbocadas cuando hay feria taurina.
¿Y si nos limitamos a un 3 estrellas? Pues pegadito a las Arènes tienes una magnífica opción con el Hotel L’Amphithéâtre. Son 11 habitaciones en un edificio del siglo XVII, todas con estilo entre antiguo y romántico. Los hermanos responsables del local (Olivier y Lionel) derrochan amabilidad y se desdoblan en cuidarte… como buenos mellizos que son. Comprobado. Y no te extrañes ni te asustes porque no tenga ascensor: cuando entres entenderás por qué era imposible instalarlo y lo innecesario que resulta.
Y ahora, sí, se nos acaba el tiempo, después de haberlo aprovechado tan adecuadamente.
Más de veinte siglos disfrutados en menos de una semana y resumidos en 4.000 palabras con decenas de imágenes es, se mire como se mire, un gran placer.




