Anduvo Emiliano García-Page el miércoles en Ifema por aquello de la prevista inauguración, que luego no fue tal. Se trataba de respetar, evitando alharacas innecesarias, el luto nacional por las víctimas de Adamuz.
Ha vuelto a estar por allí, el hombre y sus próximos, este viernes.
Y si el 21 de enero no estuvo ayuno de saludos y fotos, lo de la tarde de este día 23 ha superado expectativas.
Si en la antevíspera jugaba en campo propio –dentro del stand de Castilla-La Mancha y en el Día de Guadalajara– lo de hoy ha sido un no parar en su recorrido por otras representaciones de la España que nos ocupa a todos y que preocupa a casi todos. De distinto modo, claro, según uno trabaje dentro o fuera de según qué edificios oficiales.
Los transeúntes patrios, que somos el resto, miramos inquietos buscando alientos de esperanza.
Para los que paraban al presidente de Castilla-La Mancha y le animaban, entre foto y foto, a mayores aspiraciones nacionales, parece que la solución estuviera clara. Y eso que el propio Page ha descartado de forma reiterada tener ninguna pretensión de dar el salto de la M-50, la M-45 o la M-30, tan cuajaditas de atascos y con tan incierto premio final.
Al toledano se le veía feliz ejerciendo, ante compatriotas, de español.
Qué raro tiene que ser este país para que, cuando eso ocurre, parezca sorprendente.
















