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La Crónica de Guadalajara
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Sábado, 25 de noviembre de 2017

Palabras para Santiago Manzano

Santiago Manzano, en el salón de plenos del Ayuntamiento de Guadalajara, en su última etapa de lucha contra el cáncer. (Foto: Jesús Ropero)
Actualizado 25 agosto 2016 19:59  
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La vida es una broma pesada, sobre todo si tenemos en cuenta que es lo único que nos regalan cuando nos echan al mundo. A partir de ahí, todo lo demás nos lo van cobrando. Y con intereses.

Disculparás que no haya ido a verte muerto, Santiago. Para escribirte estas líneas no necesito acercarme a la capilla ardiente ni saludar allí a los que quedamos a este lado de la nada, los que compartimos la suerte de haberte conocido. Hoy, en el día en que has tenido la puñetera ocurrencia de morirte para descansar de tanto sufrimiento, hablo de nuevo contigo. La diferencia es que no respondes.

Ni tú ni yo hemos sido nunca demasiado importantes para el día a día de este pueblo. Hemos estado ahí, en medio, como los muebles que nunca terminan de encajar en ninguna habitación. Lo tuyo era el periodismo, desde el principio hasta el final, aunque lo fueras disfrazando con otras ocupaciones: durante muchos años, de funcionario para ganarte la vida; en los últimos tiempos, de concejal para agarrarte con cojones a lo que te quedaba por vivir.

Ahora que sé que no estás me rondas en la inhóspita oficina aquella del Ateneo, vaya usted a saber por qué. Y me acuerdo también de los restos varados del naufragio que era aquella sala de lectura tan cercana a la mesa donde trajinabas con oficios y expedientes. Como si entre la biblioteca del  Ateneo Instructivo del Obrero y tú no hubiera pasado una dictadura, por entonces aún tan cercana.

La memoria es extraña. ¿Por qué hoy esos recuerdos? ¿Quién se acuerda en esta Guadalajara de aquel caserón, de su siniestro bar, de sus voluntariosas exposiciones, del tesón del Patronato de Cultura en los años en que aún creíamos que las ilusiones eran realidades anticipadas?

Nos veíamos y nos saludábamos. Cruzábamos sonrisas. Amagábamos con arreglar el mundo en cuatro frases y desistíamos, prudentes, del empeño. Sonreías. A pesar de todo, sonreías. Te has ido sin explicarme cómo lo conseguías.

Disculparás que no me pase a verte, por recordarte mejor como tú eras. Y siento no poder sonreír. Eso tú, como tantas otras cosas, las hacías mucho mejor.

Descansa en paz, Santiago, periodista amigo de tus amigos periodistas, amigo de la verdad y de la vida.


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