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La Crónica de Guadalajara
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Lunes, 22 de octubre de 2018

Yo quiero ser autopista

Fragmento de la noticia, tomada de El Mundo, a la que alusión este artículo.
Actualizado 4 mayo 2018 10:56  
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Ha tenido que ser a un edad ya más que adulta, casi devenido en bicho provecto y sospechoso, cuando se me haya revelado el propósito. Al fin ya sé cuál ha de ser el objetivo de los días que me queden: convertirme en una autopista. Pero no en una autopista cualquiera, sino en autopista de peaje. 

La cosa no es, como algún bienintencionado pudiera pensar y desear, que al fin el arriba firmante haya caído en la cuenta de que buen periodista es el que bien se vende, ya sea por un sueldo fijo a cargo de quien manda o por muchos pocos, a cambien de seleccionadas lisonjas informativas. El asunto es más grave.

Gracias a este Estado que nos cuida descuidadamente y al Gobierno que nos desgobierna, hemos sabido que cuando una autopista de peaje hace una barrabasada de dimensiones cósmicas, como ocurrió no hace tanto con la AP-6, el cuadro sancionador que se aplica data de 1973. Las tablas estaban y siguen estando en pesetas, que convertidas a euros han dado en una multa de 1.200 napos a Iberpistas por el desaguisado que a todos nos sonrojó: a miles de ateridos prisioneros, por el frío de la madrugada; al resto, que lo mirábamos, por la vergüenza.

Si la Ley de Autopistas mantiene intactas las tablas punitivas desde 1973, pido a sus señorías que tengan a bien aplicarle a este humilde contribuyente el mismo patrón. O sea, que me permitan dejar de pagar el IBI y volvamos a los recibos de la Contribución de cuando Carrero Blanco aún no había echado a volar, que lo hizo por entonces.

Otrosí, que las multas de Tráfico, la entrada del cine, la barra de pan, el café y el resto de precios vuelvan a como eran ese año.

Otrosí, que las condiciones de la jubilación se mantengan en 2018  fieles a las de 1973, que aun siendo franquistas eran menos inestables que las presentes y aún no habían sido sometidas a los sucesivos recortes aplicados.

Otrosí, que los niveles impositivos personales, profesionales y mercantiles vuelvan a los de 1973.

Otrosí, que nos devuelvan los años transcurridos y nos dejen como estábamos entonces, cuando algunos no erámos ni adolescentes, críos felizmente irresponsables que nos levantamos alegres de nuestros pupitres, tras echarnos de clase por el asesinato del almirante aquel, para irnos a jugar al fútbol en un descampado. Entre cascotes, triscaban los perros y a veces asomaban las ratas, que entonces eran simples ratas y perros y no metáforas humanas. 

Otrosí, que nos devuelvan a nuestros padres como eran en aquel 1973, lejos aún de ser viejos o simples viejos recuerdos, cuando los tenías a tu lado como un hombre y una mujer con sus afanes, sus sonrisas y sus afectos.

¿Entienden ya por qué me gustaría ser una autopista o, al menos, ser tratado como tal en esta España que nos ha tocado desvivir?

Será que de ilusiones y de asfalto también se vive.


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