(Esperando, sin ninguna impaciencia, el fin del mundo que no llega. A 25 de marzo de 2026 en el Wine Bar de Nîmes, en noche de cuaresma)
Todo es una cuestión de medida. O, más exactamente, de atreverse a echar cuentas de qué pasa mientras respiras y, según tú posición en el mundo, lees o escribes este artículo.
En este momento, estás rodeados de personas felices. Absolutamente desconocidas pero felices, con toda seguridad.
En el reservado del restaurante, un bullicioso grupo (se diría que manifiestamente joven) hace llegar oleadas de carcajadas hasta el comedor. Nadie en el restaurante muestra desagrado, enfrascados como están en vivir con cuchillo y tenedor.
Llegado este momento, miras con disimulo al resto de mesas para intentar entender a tus congéneres.
¿Acaso es necesario?
Dos matrimonios amigos. Una madre y su hija. Un matrimonio veterano con hija y yerno. Esposo y esposa alemanes en tierra de franceses. Un galán con desaliñada elegancia frente a una joven demasiado joven…
Y así hasta el último confín.
Más allá está el mundo, que dicen no tiene propósito, aunque sí que es seguro que goza de buen apetito.
La espera del postre termina y la necesidad de filosofar para pasar el rato, también.
En pocos minutos, un café arrosé sobre la mesa te marca el momento de pagar y de marcharte.
Todo es sencillo de puro inexplicable, si lo miras bien.
Basta con disfrutarlo hasta donde la tarjeta aguante.
Ese es el lugar, el momento y la medida que andábamos buscando.

