Aquello fue toda una casualidad. Una coincidencia entre cósmica y viajera, porque al filo de la treintena no está la economía de (casi) nadie para afrontar vuelos trasatlánticos a libre voluntad.
Aquel 11 de julio de 1991, con 29 años a la espalda y en el cuarto de año de recién casado, este paseante se plantó en México en la buena compañía de la misma esposa que aún le aguanta cada día varias décadas después.
Después de pateado el D.F. y su vorágine, incluido el Museo Nacional de Antropología de Chapultepec, la visita a Teotihuacán parecía un apacible salto en el tiempo de más de un milenio, sobre espacios abiertos y bajo el aplastante sol como mayor inconveniente.
Obviamente, íbamos prevenidos de que era un día especial, pues el eclipse de sol anunciado justo para esa fecha venía siendo noticia reiterada en todos los informativos desde hacía semanas. Estaba calculado para ser, de largo, el de mayor duración del siglo XX.
Con todo, el comienzo de la visita al sitio arqueológico apuntaba tranquilo, con muchas menos apreturas que en la Capilla Sixtina o en cualquier calle del centro de Praga, por decir algún ejemplo más a mano.
La perspectiva cambió poco después, al asomar por la calzada de los Muertos.
En ese largo eje pululaban desde buena hora cientos de personas, que se convertirían en miles, muchos miles, a lo largo de la mañana. El eclipse los había atraído hasta convertirlos a ellos mismos en un espectáculo apabullante y friki.
Mal que bien, la pareja de españoles fue recorriendo con normalidad los diferentes puntos de interés, que no son pocos, desde el apunte de viejos palacios a la imponente presencia de la pirámide de la Luna.
Avanzada la mañana, el propósito de subir a la pirámide del Sol se chocó con el sentido común hacia la mitad de la altura de una de sus caras, la que da a la calzada de los Muertos. Con tanto bípedo atestando los escalones, ¿qué podría pasar en caso de una avalancha?
En el descenso, los cánticos de muchos de los presentes, los aspavientos de otros y las caras extasiadas de muchos más afianzaban el acierto de haber sido prudente y bajar a terreno más despejado. Demasiados cuerpos juntos, ansiosos de espiritualidad desenfrenada.
De este modo, entre los himnos pretendidamente indígenas de unos, el ulular ininteligible de otros y la expectación de todos, el cielo se fue oscureciendo poco a poco. Primero, agrisándose de forma tenue; luego, sin solución de continuidad, cerrándose el cielo con nubes. Según la luna escondía al sol, bajaba suavemente la temperatura y se cubría todo bajo un manto de creciente oscuridad. Así, hasta hacer del día una noche en la que, de repente, comenzó a descargar una lluvia que parecía no tener fin. Porque eso era lo que más fuerte golpeaba en la cabeza, en el ánimo y en el corazón: esa oscuridad inexplicable de puro intensa, acompañada por el griterío histérico que llegaba desde la cercana pirámide, parecía no tener fin, como si todo hubiera quedado más allá del tiempo.
Lo anterior es como lo reflexionas ahora, 35 años después. En el momento preciso de, literalmente, empaparte de eclipse no pensabas: sólo corrías. Como un desesperado, buscando un refugio que no existía.
Luego comprobaste que la oscuridad duró siete minutos, como siete eternidades.
Revisando datos para escribir estas líneas, Internet te dice que la distancia entre la pirámide del sol y el templo de Quetzalcóatl ronda el kilómetro, con lo que la carrera desbocada de este que les escribe bajo la lluvia debió rondar los 500 metros, encogido para proteger la cámara y preservar ante mi mujer, estupefacta, algo de la dignidad perdida entre tanto pánico.
Al final, serpientes emplumadas acogieron al viajero, mojado hasta los huesos, jadeante y feliz de lo vivido.
Ahora, décadas después, el Sol vuelve a ocultarse sobre tu cabeza, sobre tu casa y sobre lo mucho andado desde aquel eclipse mexicano.

