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Jesús Velasco ha vendido «Amparito Roca»

"Lo que menos me ha gustado en la vida es trabajar, pero es lo único que he hecho" es el resumen de Jesús Velasco a su trayectoria profesional.

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Tras una década de andadura madrileña y con toda una vida de ambiciones consumadas por detrás, Jesús Velasco ha vendido su negocio.

Velasco, de los de la cosecha del 60, trabajó en Madrid después de dejar el seminario pero, sobre todo, se hizo un nombre y un prestigio como cocinero, empresario y relaciones públicas con sus primeras experiencias en Atienza, el pueblo de su padre.

En la medieval villa dejó huella de hostelero con «Don Silvestre» y el «Mesón de la Villa».

De su cocina y de su manera de entender el negocio se empezó a hablar mucho y bien, por tanto, antes de que en 1990 abriese «Amparito Roca» en la calle Toledo de Guadalajara. El complemento de aquello terminaría siendo el noctámbulo «Mombassa». Otra historia llena de historias.

Que entre los clientes que pasaban por la capital alcarreña para sentarse a la mesa se encontrara Juan Carlos I, acompañado a menudo por alguno de sus hijos, terminó de consolidar la fama del local. También la permanente presencia de empresarios del ladrillo, antes de que a España la economía le reventara por las costuras.

Era aquella una clientela surtida con famosos, famosetes, periodistas y otras gentes de mal vivir pero de buen comer. E incluso por muchas personas tirando a anónimas con ganas de conocer lo que se cocinaba por allí, en el más amplio sentido de la expresión.

Para todos (ya fueran los que pagaban la cuenta o los invitados) tenía Velasco la frase adecuada y el carácter dicharachero que, ese sí, derrochaba con plena sabiduría.

Luego lo siguió haciendo en Madrid, con más alcance universal en su éxito, frente a la embajada de Italia, en Juan Bravo.

De la venta, culminada hace escasos días, ha dado cuenta Landaluce en «El Mundo». De lo singular del personaje es mejor referencia la cita de una entrevista que le hizo, meses atrás, Javier del Castillo para «La Tribuna», en la que el interfecto sentenciaba: «Lo que menos me ha gustado en la vida es trabajar, pero es lo único que he hecho».

Tanto le ha cundido su quehacer que la reseña de esa larga trayectoria se la pueden hacer sus hagiógrafos en vida y no como una necrológica, que es lo que suele acontecer en este país tan lleno de buenos enterradores.

Larga y descansada vida, pues, a ese Velasco que puso a Guadalajara en el mapa de la cocina y el cotilleo con enjundia, a ritmo de pasodoble.

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