El Museo Francisco Sobrino es una institución benemérita que muchos desconocen y que hace más por Guadalajara de lo que muchos le reconocen, aunque sólo fuera por el hecho de existir.
En su programación habitual no faltan exposiciones temporales ni actividades para todas las edades, con especial incidencia en los más pequeños de la casa.
Aunque allí no se hiciera nada, ya sería algo a preservar, por cuanto le dio nueva vida al decimonónico matadero que muchos de los guadalajareños que aún se resisten a morir conocieron sobradamente como cocheras municipales.
Aquello pudo quedar arrumbado y yerto como tanto restos del pasado de la ciudad. Incluso algún arquitecto con plaza en la Plaza Mayor no entendía para qué evitar la acción de la piqueta. Tampoco, claro, asumió con humildad la calidad del proyecto que allí se levantó.
Va pasando el tiempo y lo moderno, como la propia ciudad, envejece hacia la decrepitud si no recibe los cuidados adecuados que, cuando menos, disimulen el paso del tiempo.
En los altos del Museo, por la parte donde un promotor cuidadoso ha levantado una casa de vecindad de líneas claras, hasta hace poco las adolescentes se hacían selfies sentadas en los bancos redondos, con vistas al patio y con la rejería de chapa como fondo. Todo muy instagramable, ya saben.
Ahora, ya no. Salvo que busquen lesionarse en lo más profundo de su intimidad.




La falta de cuidados ha propiciado que la madera ejerza como tal y se pudra. No hace falta vandalismo cuando sobra desinterés por lo que no es de nadie al ser de todos.
Así vamos engañando al pasado (desdeñándolo) camino de un futuro incierto pero que pinta raro.
Guadalajara y sus munícipes, felices gastando en sombrajos hiperbólicos que paga Europa y olvidando cuidar de lo que ya tenemos, que siempre saldría más barato.
O somos ricos. O somos tontos.

